Diario de León
Casa de piedra.

Casa de piedra.david campos, 2006

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Alberto Flecha

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En nuestros pueblos, el monte no terminaba donde empezaban las casas. Entraba en ellas cargado a hombros, en el vientre del ganado y bajo las uñas de quienes volvían de segar. Calentaba la cocina, alimentaba los hornos y daba cama a los animales; después, la ceniza y el estiércol regresaban a la tierra, y las manos volvían al monte. No era un paisaje: era una circulación. Aquel engranaje invisible unía el hambre con los ciclos del suelo. Hasta que el monte dejó de entrar en las casas.

Nadie quería toser por el humo del roble verde ni bajar doblado bajo una carga de leña. Fue un alivio cuando el técnico llenó el depósito junto al corral. Las paredes de la cocina dejaron de amanecer tiznadas; el agua se calentó sin tener que subir la cuesta del monte. Llegó el saco blanco de abono químico y recoger el estiércol dejó de compensar la fatiga. No había virtud en pasar frío. Pero, mientras el gasóleo entraba por la carretera, los pasos dejaron de subir al monte. La leña quedó arriba y la ceniza dejó de volver a la tierra. La casa siguió necesitando calor; solo cambió la longitud del viaje. Una carga de leña a quinientos metros resultaba cara, mientras el gasóleo atravesaba puertos, refinerías y autopistas y se llamaba barato. No fue una ley natural; fue una cuenta matemática. Alguien en un despacho decidió concentrar los servicios y ahogar al pequeño rebaño. Cada casa separada del monte era un cliente nuevo para la red eléctrica, y los gobiernos prefirieron pagar en agosto la extinción que negaron el resto del año. Llamaron eficiencia a traer de lejos lo que movía dinero y atraso a los trabajos que mantenían abierta la montaña. Después llamaron abandono al resultado. La escoba ocupó el surco, la carrasca cerró el claro y el matorral alcanzó las ramas bajas. Los caminos se estrecharon, cedió una pared y se cegó el reguero. Donde el ganado, los prados y los caminos abrían interrupciones, cada tallo comenzó a tocar el siguiente. Los veranos se alargaron y el viento encontró una montaña trabada desde el suelo hasta las copas. Cuando prende una cuneta, cae un rayo o salta un cable, la llama corre por la urz y sube por el camino que la leña dejó de bajar. En unas horas recorre la distancia que aquellas decisiones abrieron durante décadas. Quienes hicieron la cuenta hablarán del viento, la sequía o la imprudencia de un vecino, como si el incendio hubiera empezado esa misma tarde. Dentro, alguien encajará una toalla mojada bajo la puerta. Lo que dejó de entrar en casa como leña ahora vuelve por las rendijas convertido en humo.

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