La voz dormida del batallón de trabajos forzados de presos del franquismo en Benavides de Órbigo
La Orquestina de Pigmeos revive en la fábrica de harinas Nistal el episodio del batallón de penados alojado en su bodega para construir la carretera a Antoñán

Una de las personas 'durmientes' en el inicio de la performance 'Fábrica de noche' el viernes al atardecer.
El espectáculo ha comenzado. Las voces dormidas de jóvenes tumbados sobre unas colchonetas de gimnasio en diferentes rincones revelan sus sueños a través de un altavoz: «El hombre sin recuerdos se convierte en un ser estúpido, un cadáver».
La gente, cerca de 500 personas, pasea por el entorno de la fábrica de harinas Nistal, en Benavides de Órbigo, al atardecer del viernes, con los mosquitos revoloteando y los aspersores regando los campos cultivados al otro lado de la presa.
Han venido a «Fábrica de noche», una performance que fusiona artes audiovisuales y escénicas con memoria histórica ideada y realizada por la Orquestina de Pigmeos, de los leoneses Chus Domínguez y Nilo Gallego y presenta por primera vez una de sus obras en León. Se trata de una de las acciones del programa '50 años de España en libertad' del Gobierno de España.
«Las mujeres fueron las mejores aliadas de los cautivos», cuenta el sueño de otro joven. Esto es más que un espectáculo. El público empieza a sumergirse en la experiencia desde la entrada donde reciben una hoja impresa con una «vietnamita», la rudimentaria copiadora que usaron los grupos antifranquistas.
"Mi madre nos contaba que la gente del pueblo fue humanitaria con los presos», afirma Lito Fernández Criado
Al caer la tarde, los sones tradicionales leoneses de Los Tirolines, Pepín y Graciela, acompañados por otro instrumentista, despierta a los jóvenes, uno a uno. El público les sigue cual flautistas de Hamelin. Algunas mujeres se lanzan a bailar espontáneamente.
La memoria se filtra a través de los edificios. La sirena de la fábrica, el sonido de las máquinas molturando el trigo, el agua que mueve las turbinas, palomas, pájaros, voces de niños jugando y esquilas de las ovejas... «Cuando en clase de religión nos hablaban del paraíso lo veíamos aquí», dicen los hijos del señor Fernández Nistal. La fábrica era un cuadrado perfecto, que se rompió en 1922 para incorporar una caldera de vapor que daba luz.

Documentos del Archivo General de Ávila sobre el batallón de trabajos forzados número 21 de Canero.
Una camioneta se desliza por la rampa de acceso a la bodega. Un grupo de personas desciende de su cajón y penetra en el espacio semisubterráneo. Son la memoria de los presos del batallón de trabajos Canero número 21. Es abril de 1938.
«Unos 565 prisioneros de guerra trabajaron, repartidos, en obras a cargo de los diferentes ayuntamientos de Benavides, Cistierna, Joarilla de las Matas, Morla de la Valdería, Pajares, Sahagún, San Emiliano y San Pedro de Luna, municipios y localidades todos ellos de León», apunta el investigador Juan Carlos García Funes, de la Universidad Pública de Navarra.

En busca de la memoria perdida en la fábrica de harinas Fernández Nistal de Benavides de Órbigo.
El grupo de presos de Benavides, medio centenar según los testimonios orales, estuvo dos meses trabajando en las obras de la carretera de esta localidad a Antoñán del Valle. Este batallón de presos «trabajó en la construcción de los caminos de Benavides a Antoñán y Joarilla a Sahagún, habiéndose dado mucho impulso mientras se dispuso de aquellos Batallones, a las obras de la carretera de Castrocontrigo a Truchas», según recoge Javier Rodríguez, historiador y profesor de la ULE.
«Hoy día nadie conoce esa historia, y es que este lugar, que era bodega de vino, durante la guerra se requisó para albergar aquí a más de medio centenar de personas que estaban presos en manos del bando nacional», comenta Lito García Criado. Su madre, Maruja, les contó la historia a él y a sus hermanos y hermana. Mi madre decía que había gente de Valencia, de la parte del Levante, y que era gente muy educada y muy fina», relata. Algunos, añade, iban a misa y al parecer uno de ellos que debía ser artista restauró la imagen del retablo de la iglesia.
Esta historia dejó una honda huella en Lito y es que, según contaba su madre, «la gente del pueblo, independientemente de la ideología, las chicas o gente joven venía a ayudarles, o con la comida, o hacer el lavado de la ropa, porque parece ser que la cocían en calderas por culpa de los piojos o lo que fuera».

La performance amplificó la documentación histórica que demuestra la presencia del batallón de trabajos forzados en 1938.
La performance avanza con imágenes de la fábrica funcionando —los turnos eran del domingo a las 17.00 horas al sábado a las 10 de la noche— mientras los «durmientes», los presos que se empleaban en los trabajos forzados «revividos» por alumnado de la Escuela de Arte de León, descansan en la bodega. Al amanecer, en la carretera, se vislumbra el batallón picando piedra y trabajando en la carretera a toque de corneta marcial.
Los performers se sientan frente al público. Suena la noche en ritmo flamenco. De una ventana de la bodega sale una cinta que se hará casi infinita como la memoria de las voces dormidas. Liberados del silencio se van levantado uno a uno para entrar en la fábrica, que dejó de funcionar el año pasado. El silencio se ha roto. Suena la fábrica a rave y los no-presos se evaporan en la danza. Sopa de trucha y vino para un final con memoria.