La casa de Nicolás Torices

El 2 de agosto de 1932, Nicolás Torices solicitó permiso para construir una casa destinada a vivienda propia sobre un solar entre medianeras de la calle de Santa Nonia, con arreglo a los planos firmados por un joven Ramón Cañas del Río. Cañas proyectó la casa como inmueble adosado a una medianera, conciliando su alineación urbana con cierto carácter exento y lo levantó sobre una cimentación en zanjas de hormigón con muros de ladrillo macizo en dos crujías paralelas a la calle más una galería posterior; en los pisos, viguetas de hierro y bovedillas en doble rosca. Y todo cubierto con armaduras de madera de chopo bajo teja árabe. Sin sótano. En la planta baja un centrado portal con entrada desde la calle y cinco peldaños para acceder, inicialmente, a dos pequeñas viviendas. A la izquierda, un paso de carruajes da acceso al jardín o huerto posterior y a una escalera de directriz quebrada que sube a la vivienda principal en un primer piso distribuido por vestíbulo y pasillo con tres dormitorios, despacho, sala, comedor, cocina, baño y galería convertida durante la obra en un soleado corredor adosado con la medianera norte. En el último piso y bajo cubierta una especie de torreón accesible desde la sala. Dispuso las fachadas completamente revocadas. La exterior simétrica. En la planta baja, parejas de vanos verticales con alfices enlazados flanqueando una sencilla portada axial con molduras clasicistas y clave dibujada. Sobre una imposta lisa, la primera planta con mirador de obra en voladizo escoltado por huecos arqueados también pareados y enlazados. Y culminando la composición, una elegante cornisa bajo balaustres que remata la fachada y delimita un balcón sobre el mirador accesible desde el torreón… La casa de Nicolás Torices es un buen testimonio de esa tipología residencial, en lenguaje clasicista depurado, que expresa la consolidación de cierta burguesía leonesa emergente a la búsqueda de nuevas formas de habitar vinculadas a los ideales de modernidad, confort y diferenciación social, siempre asociadas al desarrollo del Ensanche. A diferencia del palacete suburbano aislado, el jardín trasero no funciona únicamente como elemento ornamental, sino como extensión funcional de la vivienda, reforzando su carácter doméstico e intimista más próximo a la tradición de la arquitectura popular, que al palacete con pretensiones aristocratizantes.