Diario de León

De la calma de León a vivir en un país de posguerra

Juan Carlos Cascallana y Julio César González relatan la fortaleza del GRS de León en Bosnia y Kosovo

Claudia Melcon
Publicado por
La Virgen Del Camino

Creado:

Actualizado:

Juan Carlos Cascallana de la Puente y Julio César González del Valle son dos guardias civiles que trabajan en la especialidad de los Grupos de Reserva y Seguridad de León. Cuando eran muy jóvenes, a estos dos guardias se les presentó una oportunidad que cambiaría sus vidas y su trayectoria profesional para siempre: prestar servicio como cascos azules de la ONU en Bosnia y en Kosovo, en una misión organizada por esta organización internacional junto con la OTAN. Cascallana y González realizaron dos misiones espaciadas en el tiempo: una del 23 de junio al 4 de diciembre del año 2000 y otra del 25 de abril al 15 de noviembre del año 2002. Las misiones se ejecutaron poco después de que finalizaran los conflictos en ambos países, en el marco de la Guerra de Yugoslavia. El conflicto en Bosnia finalizó en 1995 y el conflicto en Kosovo terminó en 1999.

Existen 8 Grupos de Reserva y Seguridad en España. El de León es el GRS nº 6, cuyo cuartel se ubica en la Virgen del Camino. Existen ocho Grupos de Reserva y Seguridad en España: el GRS 1 de Madrid junto con el Grupo de Caballería, el GRS 2 de Sevilla, el GRS 3 de Valencia, el GRS 4 de Barcelona, el GRS 5 de Zaragoza, el GRS 6 de León, el GRS 7 de Pontevedra y el GRS 8 de Tenerife. Entre las funciones del GRS se encuentran el mantenimiento del orden público; el apoyo en situaciones de emergencia como búsqueda de desaparecidos o actuación en casos de catástrofe, calamidad o situación de grave riesgo; intervención en operaciones especiales; protección de altas autoridades; seguridad en eventos y protección de infraestructuras; colaboración con otras fuerzas y cuerpos de seguridad; participación en actos de protocolo y representación institucional. Los agentes de los GRS también realizan misiones internacionales. Además de en Kosovo y en Bosnia, el GRS de León ha realizado misiones en la ciudad de Jerusalén así como en Irak. Cascallana y González dejaron León y marcharon a prestar servicio en la ciudad bosnia de Mostar y la ciudad kosovar de Pec, que es el nombre en serbio, o Peja, la denominación en albanés, para contribuir a su estabilidad y seguridad tras el reciente cese de las hostilidades. El cabo primero Juan Carlos Cascallana narra que las minas eran una amenaza constante para su seguridad, por lo que tenían que extremar precauciones al conducir o al realizar sus tareas: «Cuando yo llegué a Bosnia estaba todo minado, hasta el mismo aeropuerto de Mostar. En Kosovo también había muchas minas pero había más en Bosnia. Como precauciones, nos decían que cuando nos saliéramos de la carretera no nos metiéramos en campo abierto porque podía haber minas al igual que no nos metiéramos en una casa deshabitada. Las minas a veces están señalizadas y otras no. Hubo mucha gente de la ONU desminando allí». Cascallana relata que el ambiente era muy hostil y que casi pierden la vida un día mientras estaban de servicio: «Yo estuve en la noche en la que tiraron una granada anticarro a un BMR del ejército español. Nosotros estábamos de servicio y nos dispararon también. Por suerte no nos pasó nada ni a nosotros ni a los del BMR. La granada entró en el hueco de expulsión de gases y todo ese calor lo absorbió. No los mató de casualidad. La verdad es que fue un día de suerte. Me acuerdo de un alférez que estaba al mando de los militares del BMR. A los pocos días lo vi en Mostar y había tenido una hija». A la unidad le impactó mucho ver cómo era la vida tras la guerra: «Era una sociedad muy en pañales. Hubo muertes por accidentes de tráfico porque las carreteras tanto en Kosovo como en Bosnia estaban muy mal y no podías correr. La gente iba en carros tirados por mulas o caballos. La economía era de subsistencia y había pocas plantaciones porque había mucho terreno minado. La gente fumaba mucho, nerviosa y estresada, incluso la gente mayor. La dentadura la tenían fatal y estaban muy delgados. No tenían acceso a productos de limpieza ni dentistas. Había poca luz eléctrica y poca agua corriente En uno de los permisos que me dieron estando en Bosnia llené un petate de caramelos y por los pueblos iba repartiendo caramelos a los niños porque no tenían ni caramelos», describe Cascallana. El cabo primero afirma que la situación era mucho más violenta y precaria en Bosnia: «En Kosovo se escuchaban muchos tiros pero no estaba igual que Bosnia. Me sorprendió muy poco de Kosovo y mucho de Bosnia. En la localidad fronteriza de Mostar había una avenida que separaba a los albaneses de los croatas. Esa avenida tenía todos los edificios caídos debido a los tiros de fusilería. Todas las carreteras estaban llenas de rosetones de granadas. Cuando caen, hacen un impacto y la metralla cae como una rosa». El conflicto étnico en Bosnia se libró entre bosnios, de religión musulmana, serbios, de religión cristiana ortodoxa, y croatas, de religión católica. La proporción étnica de Kosovo es predominantemente albanesa, de religión musulmana, con alrededor de un 7 por ciento de etnia serbia y otro cinco por ciento de otros grupos étnicos, según los datos del Centro Internacional para la Justicia Transicional. Cascallana alega que el conflicto étnico seguía mucho más latente en Bosnia que en Kosovo: «En Bosnia tuvimos problemas para desarmar a la gente. Estaba recién acabada la guerra y había gente que se emborrachaba y salía a la calle con una granada. En Kosovo no hubo eso. La ciudad de Pec era una localidad musulmana con muy pocas casas serbias de la parte contraria. Como en Kosovo todo eran musulmanes y había pocos serbios y ortodoxos era todo un poco más fácil». Juan Carlos Cascallana destaca la primera misión como mucho más dura que la segunda debido al aislamiento que se les exigía, por lo que lo pasaron bastante mal: «Vivíamos en contenedores de dos personas. Teníamos unos baños comunes y al principio pues se podía salir un poquito. La vida era trabajo, campamento, trabajo, campamento, trabajo. Acababa de terminar la guerra y a nosotros no nos conocían y era una medida de precaución. Siempre nos decían de salir juntos. A no ser que fuera justificado o necesario teníamos una hora de llegada». Cascallana cuenta que uma misión realizada en un complejo en el que trabajaban mineros supuso un riesgo para su salud: «Había un complejo minero cerca de la ciudad kosovar de Mitrovica, las minas de Trepca. Íbamos allí a hacer servicio porque era un enclave del que nadie quería deshacerse. Esa mina era muy importante en cuanto a plomo y plata, peor era altamente contaminante. Nos hicieron pruebas médicas para detectar plomo o algún tipo de contaminación». Cascallana cuenta que otro hándicap que hizo su primera misión más complicada era la desconfianza que sentían los lugareños hacia ellos, algo que les demandó estar siempre alerta: «Al principio podían decir ¿Quiénes son esos de verde con la boina azul que me están intentando parar? Podían enfadarse, coger un arma y prepararla, entonces teníamos que ser exquisitos en el trato. Para eso teníamos unos intérpretes nativos de Pec que habían aprendido español con las telenovelas». «Había muchos casos de mafias, de familias que mataban a otras a modo de ajuste de cuentas. Cuando íbamos a registrar las casas tenían armas escondidas para autodarse protección, pero había que retirárselas. Salías del servicio y te encontrabas con una familia muerta dentro de un coche», explica González. A nivel social y cultural observaron situaciones muy impactantes: «Entrábamos en alguna casa en la que no había nadie y nos encontrábamos a niños en cunas mecedoras. Tenían a los bebés súper atados, y cuando lloraban, los bebés se movían, se acunaban solos, se callaban y volvían a llorar. Otro día un sargento estaba corriendo y vio a un señor pegando a una mujer. Con su inglés le dijo «¿Por qué le pegas?». Y el hombre dijo «Es que es mi mujer». Son cosas que te llaman muchísimo la atención y que en nuestra sociedad no se ven. Sientes que no puedes ir más allá porque estás en otro país», comenta Cascallana. La aspereza de la primera misión se aclimató en la segunda, en la que el deporte, el ocio, y el intercambio cultural con compañeros de otras comunidades y países les ayudó mucho: «La segunda vez ya hacíamos muchas más prácticas. Por la noche solo teníamos que llegar a una hora prudencial. Ya hacíamos fiestas. Por ejemplo en San Juan estábamos en Kosovo e hicimos una hoguera y un baile. Invitábamos a americanos y a otras nacionalidades. Los gallegos hacían queimadas. Lo pasamos fenomenal. Estaba todo mucho más abierto. A través de los intérpretes preguntamos por un gimnasio e íbamos a un gimnasio de la calle. Nos dio mucha vidilla el poder salir y el gimnasio nos liberó un poco del día a día». La mejora de la segunda experiencia respecto a la primera se vio motivada igualmente por la mayor confianza que les profesaban los lugareños y por la mejora de las infraestructuras: «En 2002 había libre circulación por todos los lados y la gente nos quería. Íbamos a los bares, podías tomar una cerveza y hacer una vida como la hacemos en León. Las carreteras estaban mejor. Al principio no había confianza, evidentemente. Después ya sí. Yo creo que nos llegaron a tener hasta cariño», dice Cascallana. González concuerda con su compañero en la satisfacción de recibir el cariño de la población local: «En general a los españoles, tanto militares, como policías, como guardias civiles, en cualquier misión nos tienen muy buen afecto. Cuando pasó el tiempo ibas por los pueblos y te invitaban a un café que tenía muchos posos, el café con rakia». Juan Carlos Cascallana incide en que la ayuda entre compañeros resulta fundamental y, por tanto, la unidad se convierte en una segunda familia: «Tenemos una familia aquí en España pero realmente en una misión de este tipo la familia son los compañeros. Julio es como un hermano para mí. Somos una unidad que hace mucho tiempo fuera de casa. Son seis meses conviviendo y tenemos que apoyarnos porque hay bajones que tiene todo el mundo». A pesar de las dificultades y los malos momentos, los dos guardias civiles hacen un buen balance de de esta experiencia a día de hoy: «Como en todos los servicios que hacemos, tienen sus cosas buenas y sus cosas malas pero siempre traes buenas experiencias», dice González. «Siempre hay más malas que buenas pero siempre te quedas y te acuerdas de las buenas», matiza Cascallana. Cascallana añade que confiar en los compañeros es muy importante: «Yo digo que en misiones así el compañerismo es fundamental. El tener a alguien al lado y el poder hablar y desahogarte lo es todo. Hay servicios que son complicados y no puedes dejar todo al libre albedrío». Juan Carlos Cascallana manifiesta su deseo por volver de turismo. Desde el GRS se quiere agradecer la gran aportación del ejército español y de la Legión en esta misión de la ONU: «La Legión es un cuerpo que se desconoce y son gente maravillosa. Son gente seria que lo da todo», alaba Cascallana.

tracking