Diario de León
Seísmo.

Seísmo.David Campos

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Alberto Flecha

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Una falla geológica no da lecciones políticas. El jueves por la noche, un seísmo de magnitud 4,2 sacudió El Bierzo. Bastaron unos segundos para devolver la comarca a los titulares. Hubo mapas del epicentro, mediciones y testimonios de muebles desplazados. A la mañana siguiente, la actualidad ya miraba hacia otra parte.

En febrero hubo otro terremoto, este premeditado y con fecha fija. Más de mil kilos de explosivos derribaron las chimeneas de Compostilla II, en Cubillos del Sil. Una parte quedó en pie y hubo que repetir la voladura en marzo. Las cámaras recogieron la caída de aquellas moles de hormigón que durante medio siglo habían dominado el horizonte. Pero el final de una época difícilmente cabe en los pocos segundos que dura una grabación. Durante generaciones, los turnos de las minas y centrales ordenaron el día a día de miles de familias. El carbón pagó salarios y dejó montes abiertos, escombreras y pulmones castigados. Después llegaron los cierres, las demoliciones y los planes de transición. Las chimeneas desaparecieron, pero no la dependencia económica construida a su sombra. Ese otro derrumbe no responde a movimientos de la corteza terrestre, sino a decisiones empresariales y políticas. Ahora, a las puertas de las elecciones generales, El Bierzo tiene pendiente un balance de lo que ha ocupado el lugar de aquella industria. Mientras se anuncian proyectos de reindustrialización, los pueblos siguen perdiendo habitantes, la vegetación invade las pistas mineras y la lluvia lava las bocaminas donde nadie volverá a esperar el relevo. El seísmo del jueves tuvo epicentro y titulares. La voladura de Compostilla tuvo explosivos y cámaras. El terremoto que lleva décadas vaciando El Bierzo no sale en las portadas ni hace temblar los vasos de las mesas. No dura unos segundos: sucede despacio, todos los días.

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