LA GAVIOTA
Ponferrada de mi padre
A MÍ SIEMPRE me gustó saber cosas de la Ponferrada de mi padre. Y cuando digo mi padre, digo el tiempo en que él era niño, conocer cómo era la ciudad en aquel tiempo. Me gustaba hablar de eso con él, que me dijese como era La Puebla, entonces tan deshilachada, pero que yo imaginaba bien porque eran muchos los datos que le pedía. Tantos que al final yo creo que fuimos capaces entre los dos de que esa Ponferrada pasara a mí, la heredara plenamente, y conviviera con la Ponferrada que me tocó, que no puede ser otra que la de la infancia, y que también ha desaparecido, claro. Y pienso ahora que los ponferradinos que son niños en estos años ya están labrando su Ponferrada personal, la que nunca les habrá de abandonar. Ellos no se dan cuenta, pero la están construyendo, y será una Ponferrada que yo no puedo conocer ahora, cuando es real, porque yo no la puedo mirar como un niño, aunque me gustaría mirarla de ese modo. Porque así, tal vez, es como deberíamos mirar la vida, desde el principio hasta el final. Mi padre vivió en Ponferrada hasta el año 2001 y en el mundo hasta el año 2002. Pero la Ponferrada que me legó es la de la República y la guerra, la ciudad con sus siete mil habitantes, acaso menos, y la mayoría viviendo en la zona alta, en la soñolienta ciudadela, porque La Puebla eran cuatro calles nuevas de casas bajas, y una jacobea que era el eje Real-Cristo, y todas cortándose en la plaza de los Mesones, que luego sería de Julio Lazúrtegui. Aquel vasco don Julio que tantas veces pasó por la plaza de los Mesones, cuando no se llamaba como él, acompañado de hombres trajeados, sobre el suelo de tierra, todos con sus proyectos y planos. Era el tiempo en que venía a Ponferrada para inventar la Vizcaya del Bierzo, y a medias que lo consiguió. O del todo, en su escala. Ponferrada de la guerra, muertos en las calles, batalla de Ponferrada. Centenares de muertos, mineros asturianos que habían venido en un tren, acribillados por la Guardia Civil. Mi padre vio muchos cadáveres, me decía en qué sitio. Por ejemplo, en el cruce de la Avenida de España y la calle de Isidro Rueda. O en la plaza de Fernando Miranda. Mi padre contando la llegada de los mineros a la ciudad, y su salida dolorosa, su caótica estrategia. Y de ahí, de nuevo al campo. A los grandes baldíos que definían entonces la Puebla. Un lugar era el campo de los frailes, al sur del barrio. ¿Quiénes eran aquellos frailes? Al parecer tenían un convento en la calle Antolín López Peláez. Y detrás del campo de los frailes, las zarzas, el río, los niños pobres, y muy cerca la estación del Norte, y también muy cerca la estación minera. Humo, carbón, obreros, sirenas industriales, putas. Ponferrada de 1935, por ejemplo, mi padre en el andén, para despedir al líder socialista Indalecio Prieto. Mi padre con trece años, había ido por pura curiosidad. Y entonces alguien clamó «¡Muera Gil Robles!», y don Indalecio mandó callar al energúmeno. «!Que no muera nadie!» gritó, ya en las vísperas del millón de muertos. Ponferrada de la guerra y de la paz siniestra de Franco. Veranos muy calurosos, contaba mi padre, la ciudad empezó a crecer de repente. Cemento y forasteros, pero esa Ponferrada ya la conocí yo, cuando terminaba su esplendor, y vuelvo a la otra, a la de mi padre, que no se me escape, las mujeres de negro, fotos de bodas, el café del abuelo, cabeza redonda, gafas redondas, pana, vino, hijos muy silenciosos, yernos, algún nieto, mi padre con un traje de pantalón corto, un patio, una serrería, un gato, muchos gatos, el liquen sobre la pizarra, y los descampados de nuevo, las casas desperdigadas, la carretera de La Coruña, y la de Asturias, con sus hileras de árboles, y muchas piedras, todas las piedras, y el pico de la Aquiana al fondo, y algunos poetas, y algunos pájaros.