Publicado por
JOSÉ-ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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Con los años hemos aprendido a desconfiar de los que a primera vista se quedan fascinados por nuestras palabras o por alguno de nuestros gestos. La verdad es que también hemos aprendido a desconfiar de todos los que tratan de seducirnos con un discurso brillante o apabullarnos con sus apóstrofes insultantes. No es que estemos «de vuelta» de todo. Es que hemos descubierto, lenta y fatigosamente, que la profunda verdad de las personas se esconde en su «interior bodega». En los silencios largos es donde se revelan las personas: su capacidad de aguante y su generosa disponibilidad para entregarse a los demás. Carne y espíritu Con motivo del discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, los judíos se escandalizan de la propuesta de Jesús de dar a comer su carne. Los que no le siguen rechazan su misión y su mensaje. Pero también se escandalizan de Él los que se cuentan entre sus seguidores. Muchos «discípulos» de Jesús dijeron: «Ese modo de hablar es duro, ¿Quién puede hacerle caso?» (Jn 6, 61). La respuesta de Jesús es profunda. Él sabía que algunos se escandalizarían ante «lo que Él decía». Pero sabe que el mayor escándalo viene siempre ante la consideración de «lo que Él es»: «¿Y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?». Jesús puede escandalizar como profeta humano que anuncia y denuncia. Pero la verdadera dificultad es la de aceptar su dignidad divina, su origen y su destino celestiales. Para aceptar su palabra basta una inteligencia sensible y una buena voluntad. Para aceptar su dignidad no basta la agudeza de «la carne»: se necesita la ayuda del «espíritu» que da vida. El santo de Dios El evangelio de Juan nos da a entender que Pedro entiende y acepta el desafío que lanza Jesús: «¿También vosotros queréis marcharos?». La respuesta de Pedro es la respuesta del creyente: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? El antiguo israelita no encontraba auxilio en los montes en los que se adoraba a los ídolos. Sólo lo hallaba en el Señor que hizo el cielo y la tierra. El cristiano tampoco encuentra la verdad en otros pregoneros. Tan sólo en el que ha sido enviado por el Padre. ¿ «Tú tienes palabras de vida eterna». Los antiguos profetas transmitían oráculos recibidos. Los antiguos maestros comentaban una Ley recibida. Jesús habla como quien tiene autoridad. Sus palabras proceden de la vida misma de Dios y aseguran a los humanos una vida divina. ¿ «Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios». Los antiguos veneraban el templo como un lugar santo consagrado «a» Dios. Los discípulos de Jesús lo reconocen a Él como el Santo, consagrado «por» Dios. Él es el modelo de toda santidad. - Señor Jesús, enviado por el Padre para darnos la vida, ayúdanos a escuchar tus palabras, a seguirte con fidelidad y a poner en ti la fuente de toda santidad. Amén. En medio de ambas promesas de Jesús, queda flotando su afirmación fundamental, que las une y les da sentido: ¿ «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». La declaración era perfectamente válida para los oyentes directos de Jesús. Él podía saciar su hambre y su sed, como no lo había hecho la Ley antigua. Su misterio personal y su mensaje podían sostener la vida y la esperanza de sus oyentes. ¿ «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». La declaración de Jesús sigue teniendo vigencia para nosotros. Su existencia no es comparable a la de ningún otro. De Él recibimos ahora y recibirán nuestros sucesores las razones para vivir y los motivos para esperar. - Señor Jesús, que nos alimentas con el don de tu persona, ayúdanos a aceptarte y acogerte, de forma que seas viático para nuestro camino. Amén.

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