CRÉMER CONTRA CRÉMER
Los niños a la escuela
Y LLEGÓ Septiembre, que es mes de promisión y los niños de España dispusieron su armamento escolar. Todas las campanas del país, anunciaban que la guerra contra la ignorancia, contra el analfabetismo demandaba nuestro espíritu de superación para acabar con ese monstruo riguroso que es la ignorancia. La hora de la enseñanza ha sonado y desde todos los repliegues del país, los niños que pueden van a la Escuela. Hubo un tiempo en esta España nuestra en el cual no había niños bastantes para cubrir los cupos establecidos por los mandos y las aulas aparecían vacías, y se cerraban escuelas y la población infantil descendía de modo alarmante y triste. Se cargaba el tanto de culpa de esta regresión a la limitación de nacimientos. Las muchachas en flor se resistían a poner hijos sobre la mesa, temerosos de no poder contar con los medios suficientes para cuidarles, vigilarles y darles la información que la exigencia de los nuevos tiempos demandaba. Las madres implorantes, remitían sus afanes maternales a la posibilidad de encontrar un trabajo que garantizara una vida digna en la familia. Los generosos matrimonios se convirtieron en precavidos compañerismos sentimentales, de un solo hijo. Y se llegó a la conclusión de que todos los problemas de la enseñanza y de la cultura en general, dependían de la economía. Cuando, con un esfuerzo común digno de admiración se llegó a dominar la ferocidad de la miseria y las madres encontraron fórmulas para el mantenimiento digno de la casa, se anunció un repunte -que no sé exactamente lo que se quiere apuntar- en el proceso de la natalidad. Y como por otra pare o por la misma parte de la necesidad, madres de muchos otros países emprendían la azarosa aventura de la emigración, teniendo a España como plataforma de lanzamiento, la población infantil fue en aumento. Y ya no sobraron pupitres, ni quedaron niños sin escolarizar. Ocho millones de niños se disponen a ocupar su lugar en la Escuela. Los padres se entregan con fruición a la santa y gloriosa aventura de criar hijos para la patria, para la familia y hasta para el cielo, como mandaban los cánones en la época de las cigüeñas viajeras a París para acarrear muchachos. Y fue entonces, es ahora, cuando se produce el gran problema de los niños: su educación conveniente y la misión sagrada de los enseñantes para evitar convertir la función de hacer hombres en mecanismo de tener hijos para la miseria y la ignorancia. Los planes de Enseñanza han sido desde tiempos inmemoriales en España motivo de choques entre parcelas muy definidas de la sociedad. La diferenciación entre enseñanza para ricos y enseñanza para pobres, dividió a la sociedad en clases irreductibles y contrarias, dígase lo que se quiera. Y de estas clases nacieron los rencores y las ferocidades. En España rara vez, si es que se acertó alguna, se alcanzó el punto álgido de la planificación de la enseñanza. Juegan intereses demasiado significativos como para no pensar que a la hora de intentar discernir la realidad cultural de España, haya que atenerse a la sabia conclusión a la cual llegaban los antiguos: «Dime qué enseñanza practicas y alimentas y te diré qué clase de sociedad es que estás manteniendo». En España, cuando no es por San Frutos es por el Diablo Cojuelo, la enseñanza fue siempre motivo de polémica. Hoy también lo es. Y si no cabe sostener, como tradicionalmente se venía haciendo, la analogía entre maestros de Escuela que hambreados sin causa, («Más hambre que un maestro de Escuela», se decía) es porque hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, como se asegura en La Verbena de la Paloma . Todavía, los españoles creemos en la Escuela.