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VICTORIANO CRÉMER
León

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NADIE lo hubiera dicho. Con ese talante de emperador de Chicago y esa mirada sin dirección, mirada de piñón fijo, dicen los ojólogos, y ese acento escalofriante que es con el que las madres de Irak y las de Afganistán y las de Siria y las de Irán y las de Trobajo del Cerecedo, duermen a sus niños mientras cantan: «¡Duérmete, mi vida que viene Don Bus!». Y los niños del mundo, los niños vallejianos de nuestra más infeliz infancia nacional, corrían a esconderse debajo de la manta del abuelo. Nadie, absolutamente nadie, ni siquiera esa Doña de nuestra política internacional, tan entregada a la palabra y a la orden emanadas del gigante universal, hubieran pensado que aquel hombre, tan prosaico como una ametralladora y tan penetrante como un cuchillo, pudiera en algún momento de su vida tenebrosa dedicarse al inefable y estéril menester de hacer versos. «¡Haz versos le debió aconsejar su abuela, la de Washington, -pero no odas!»... Y cuando menos se esperaba en las chancillerías del Universo Mundo y los talibanes se dedicaban, con aplicación ejemplar, a derribar sus propios ídolos y los persas huían despavoridos cuando comenzaban a sonar las campanas y el muezín de la Gran Mezquita, gritaba entre azora y azora: «¡Huid muchachos, que vienen los marines!» Pues ni siquiera en esas dramáticas circunstancias, se pudo pensar que el impresionante señor de las vidas y de las haciendas del mundo, pudiera sentir en algún momento de su ajetreada vida, la llamada de la poesía. Y sin embargo, sucedió. Se impuso una vez más la sabia doctrina sociológica de que a los pueblos les mueven los poetas, y parió, en el sentido más estricto del término, un poema. También Mao-Tse-Tung y Feliciano el cartero de mi pueblo, hicieron coplas en su vida y también fueron personajes emblemáticos en su territorio. ¡Qué razón tenían aquellos acerados críticos de los cuarenta años felices de Franco y su mariachi, cuando decían, a la vista de los resultados de aquel ensayo de armas tomar: «Murieron los mejores y quedaron los poetas». Al paso que va este ínclito varón de la Casa Blanca y de los pensamientos negros, efectivamente los mejores, si es que quedan, morirán con las botas y las medallas puestas y quedarán poetas, como el autor de uno de los poemas más conmovedores que se hayan escrito desde Shakespeare, Lope de Vega y Wat Witman. Están muriendo, bajo los bombardeos más feroces los mejores y ¡ay! Están quedando los poetas capaces de escribir y dedicar a su amada madrigales como el que en estos momentos recorre el mundo para pasmo de propios y extraños. La dulce dama Laura Bus se apresuró a revelar la autoría de la página lírica recién aparecida, que decía en una traducción de la lengua de García Lorca; las rosas son rojas/ las violetas son azules, Oh mi terrón en la cama/ cómo te he echado de menos, cuanto más rojas son las rosas/ más azul soy yo viendo que te ha besado/ ese encantador tipo francés (Chirac). Los perros y los gastos te echan de menos también. Barney está loco porque lo dejaste, /él se comió tu zapato. La distancia querida ha sido como una barrera. La próxima vez que quieras una aventura/ aterriza en un portaaviones. En este día se recordaba la muerte canallesca del periodista español Couto...

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