El laberinto
LA VICTORIA de Artur Mas al frente de Convergència i Unió en las autonómicas catalanas, con ser la gran sorpresa que ha vuelto a enviar a las encuestas al cesto de los papeles, palidece al lado del triunfo político de Esquerra Republicana de Catalunya, la pequeña formación liderada por Josep Lluís Carod Rovira que se ha constituido en la llave para la formación de cualquier mayoría, con la sola excepción de una muy improbable coalición de CiU con los socialistas. Ésta ha sido la gran novedad de estas elecciones, porque el descalabro de Pasqual Maragall a manos del sucesor de Pujol no ha hecho, en realidad, más que seguir lo que empieza a ser ya casi una tradición: el camino imparable emprendido por los socialistas, de dulce derrota en dulce derrota, hacia la diabetes colectiva, como sarcásticamente apuntó José Bono tras perder en las últimas autonómicas madrileñas. Al conocerse los resultados definitivos, Maragall anunció que el pueblo catalán había dado mayoría a las izquierdas; era un modo de ponerse a disposición de ERC. Otro tanto hizo Saura, el candidato de Iniciativa per Catalunya. Por su parte, Artur Mas afirmó que el pueblo catalán había decidido otorgar el poder al nacionalismo; también era una forma de tirarle los tejos a ERC para formar mayoría. Pero Carod Rovira interpretó que el pueblo catalán había sentenciado que el nuevo Gobierno de la Generalidad tiene que contener tanta izquierda como nacionalismo, por lo que, en la noche electoral, anunció su propósito de intentar un Gobierno de concentración que dejase en la oposición sólo al Partido Popular, que ni es nacionalista ni de izquierda, y por eso ha de ir a las tinieblas exteriores. Lo más probable, sin embargo, es que el pueblo catalán no haya decidido nada de lo que dicen unos y otros, sencillamente porque el pueblo catalán no tiene una voz única, sino que es plural y diverso, y además porque la preferencia numéricamente más nutrida ha sido la de abstenerse: los que se abstuvieron también forman parte del pueblo catalán, qué le vamos a hacer. Entramos ahora en un período laberíntico de conversaciones, negociaciones y regateos, que puede prolongarse hasta las generales, porque lo que entonces ocurra podría influir en cómo se articulen las alianzas en Cataluña.