Diario de León
Fernando Jáuregui

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EL EJERCICIO de la política, en Madrid, es siempre más complicado, más tenso, sometido a mayores ambiciones. Tome usted el caso de Valencia, por ejemplo, la Comunidad cuyo presidente mantiene no pocas diferencias con su antecesor, hoy importante ministro y aspirante a serlo aún más; casi nadie se ha enterado de qué va la cosa, y las discrepancias se zanjan, o se disimulan, en la intimidad. En Madrid, no. En Madrid, todo es follón. Con público y altavoces. En Madrid, todo se amplifica, la disciplina se relaja y los periodistas toman nota de cada cuchillo que vuela entre despacho y despacho. El viernes, la nueva presidenta de la Comunidad madrileña, Esperanza Aguirre, tomaba posesión del cargo en el edificio de la Puerta del Sol que ha sido rebautizado como Casa de Correos. El hecho de que el alcalde madrileño, Alberto Ruiz Gallardón, no hablase en un acto al que asistían siete ministros, entre ellos un vicepresidente, el sucesor Mariano Rajoy, el presidente del Senado y muchísima gente más, ahora todos marianistas, tuvo múltiples interpretaciones. Y es que, ya digo, los dos principales partidos (en realidad, los tres) andan inquietos en Madrid, más inquietos que nunca. Y ya se sabe que Madrid es el rompeolas de todas las tensiones. Sí, es cierto que Esperanza Aguirre pidió a Ruiz Gallardón que no hablase en su toma de posesión. «Cualquiier cosa que digas será malinterpretada», le dijo. Es patente que entre ambos existen algunas tensiones, y que el alcalde se ha sentido humillado por el hecho de que, tras haber decidido él subir impuestos y tasas a los madrileños, doña Esperanza haya anunciado que, en lo que le corresponde, va a bajarlos. Se juega el futuro de la presidencia de algunas grandes empresas en las que el Gobierno tiene, no ya acción de oro, que eso se ha acabado, pero sí voz de platino. Y eso dependerá de quien ejerza la influencia económica decisiva cerca de Mariano Rajoy, que es, claro, por quien se apuesta. De manera que los ratistas se están convirtiendo aceleradamente en marianistas, por lo que pueda pasar, que nadie da un euro por la permanencia de Rodrigo Rato en el cargo tras el mes de marzo. Y, en el PSOE, lo mismo. El batacazo que se ha pegado Simancas en las elecciones repetidas -no directamente por su culpa, pero en parte por una torpe gestión en la confección y seguimiento de la candidatura- altera los nervios en la Federación Socialista Madrileña. Donde los mentados nervios ya estaban bastante alterados desde siempre, por cierto. Y, así, mientras en la Puerta del Sol los comentaristas afilaban los bolígrafos preguntándose por el silencio de Gallardón en el acto protocolario cuando la nota oficial previamente enviada a las redacciones preveía su intervención, en la calle Ferraz, el comité federal del PSOE registraba algunas cosas extrañas. Por ejemplo, al Simancas disidente poniendo reparos a un pacto de Maragall con Esquerra Republicana de Catalunya. El mismo Simancas que estaba dispuesto a ceder mucho a Izquierda Unida. En la FSM hay como un aroma de retornos guerristas frente a los que ahora se reclaman «zapateristas». Y algo va a pasar, no tengan ustedes la menor duda de ello. Los niveles de críticas internas al secretario general socialista son muy altos. Existe un factor que influye no poco a la hora de las inquietudes políticas: las futuras listas. Ni en el PP ni en el PSOE parece tener nadie, o casi nadie para ser más precisos, el escaño asegurado. Y, pese al letargo que se vive en el Parlamento, lo cierto es que la inquietud entre diputados y senadores de base es bastante palpable. En el PSOE, en el mismísimo PP y, claro, en Izquierda Unida, donde, como tantas veces, relucen las espadas. Y este síndrome no afecta solamente al avispero madrileño, desde luego. Pero, en la Villa y Corte, las avispas son más y tienen el aguijón de acero toledano.

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