Diario de León
Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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LA COPLA, con cierto aire de historia erótica nos llega desde primeros de siglo. Y parece ser que fue la tonadillera de lujo, Raquel Meller, la que extendió la letra y la música. Repaso los pocos versos que recuerdo de la canción y me doy cuenta de que evidentemente el espíritu bellaco del hombre castigador permanece, hasta que la justicia les separe a los unos de las otras o viceversa. ¿Y qué puede hacerse a estos beneméritos fines? Son muchos y muchas las personas sensibles que se sienten ultrajadas ante la demostración de bestialismo que los hombres y unas pocas mujeres bravas estamos dando. Por supuesto hasta la hora en que me disponga a enviar este parte de guerra, sobre la tierra española han sido sacrificadas cerca de cien mujeres. Se habla de maltratos, de incomprensiones, de diferencias, pero en el fondo y aún en la superficie, lo que existe es una explosión de cafrería. Cuando la tonadillera cantaba aquello Es mi hombre. Yo le doy cuanto soy, mis encantos y mi amor a mi hombre. Le espero al llegar, nunca dejo de pensar en mi hombre... Realmente lo que se estaba imponiendo era la ley selvática del más fuerte. El hombre, engreído, suficiente, totalitario, pensando que aquella cola lo que hacía era confirmar la superioridad del varón sobre la hembra, tímida y sensual, se erigió en pieza dominante y dominadora del mecanismo familiar y en los momentos de ese arrebato o de desaliento, para reconstruir su ánimo pegaba a la mujer. Y la mujer, con música del maestro Alonso, por ejemplo, cantaba y hasta proclamaba entusiasmada que «su hombre» le pegaba. El camino para los salvajes estaba abierto y aquellas morbosas expresiones de un cariño a lo chimpancé, terminó en esta degradación a la cual hemos llegado: la mujer se ha convertido en víctima propiciatoria del hombre derrotado. Porque en el fondo cabe pensar que esta disposición bestial del macho no es sino la venganza del varón domado y derrotado ante el avance imparable de la mujer. El hombre se siente desplazado no solamente de los puestos de trabajo, sino, lo que resulta a la larga más decisivo, de los resortes de influencia y de poder. Y teme que esta tendencia acabe con él como elemento predominante de la sociedad. Y así como en la época en que la máquina desplazaba al trabajador y este se vengaba destruyéndola, así en este momento, el varón proyecta sobre la mujer su fracaso total. Y esta y no otra imaginada es la realidad: estamos asistiendo a la lenta pero segura desaparición de la especie del varón como instrumento social y cultural preponderante y este se resiste a resignar mandos y posiciones. Y en su rabiosa impotencia para superar su propia crisis ataca a la mujer, a la que atribuye la razón de su fracaso. Se acabaron las coplas zarzueleras que decían que no existía pecado más horrible que el pegar a una mujer. O esta se militariza y hace frente al batallón de tíos desnortados o por desgracia continuaremos asistiendo a la bárbara caza de la mujer.

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