Diario de León
Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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ANDÁBAMOS ya en estas tierras cristianas preparando los fastos de la Pascua de la Natividad, cuando la Prensa de la época recogía la noticia: En un Hospital de caridad de la provincia catalana de Gerona, había acabado la vida y milagros de «El Vaquilla». También se le conocía por el nombre, con apellidos y todo, de Juan José Moreno Cuenca. Le habían nacido en Barcelona, que siempre es bona cuando la bolsa sona, y cuando apenas se tenía en pie, cometió un error. Y le metieron rápidamente en un correccional, especialmente diseñado para niños díscolos y por tanto conflictivos. José Moreno era un muchacho inquieto, que pretendía haber nacido con derecho a la vida, lo mismo que todos los demás niños de la comunidad. Cuando comenzó a darse cuenta de que pertenecía a la especie de los niños sin pan, sin techo y sin sol, ya era tarde. Se le había ido el santo al cielo, y la señora justicia, siempre tan atenta para corregir desvíos sociales y compadecer al delincuente, le volvió a meter en «chirona», que se decía todavía, hasta que ya más seriamente el vocablo burlesco se convirtió en pavoroso concepto social de cárcel. José Moreno era ya, sin comerlo ni beberlo, sin que nadie le hubiera tendido una mano, sin que el Estado de la Nación se diera cuenta de que con la pérdida del muchacho se despiezaba una familia comenzó a rodar, rodar y rodar. Nada menos que veintiocho años de su biografía la pasó entre hierros y disciplinas de increíble severidad. Y en un alarde de rebeldía contra una sociedad que desde niño le había marginado y condenado, saltó los muros y buscó la libertad. Y el amor, al que también tenía derecho. Y fruto de aquella peripecia en la que tanto jugaba el muchacho, sin que nadie le echara una mano o le tendiera una cuerda, fue un hijo. Y pensó que ya disponía de las exigencias humanas para demandar que se le prestara al menos la atención que debiera corresponderle en su condición de ser humano. Pero no consiguió sino el silencio y la terquedad de las normas. Y volvió a la cárcel, ya comido por la enfermedad. «El Vaquilla», que tal era su sobrenombre de pelea contra una sociedad culpable, no se rindió, porque solamente acaban de rodillas los culpables y él no lo era, sino más bien víctima de un conjunto humano sin alma, atento únicamente a la defensa de los intereses de los supremos conglomerados económicos, políticos y sociales. Cuando murió, los doctores le apreciaron, como resultado de sus análisis, un verdadero rosario de enfermedades, cada una de las cuales podía provocarle la muerte fulminante: hepatitis, anemia, insuficiencia renal, cirrosis hepática... El cura que le asistió en sus réquiems definitivos, descubrió que efectivamente los hombres le habían condenado, pero Dios le contemplaba de otra manera. En España, mi buena y querida señora, funcionan más de treinta Asociaciones gubernamentales y no gubernamentales, dedicadas, con especial unción, a crear en los países más diversos ocasiones para el rescate de la muerte de cientos de miles de seres humanos en peligro. Gentes del desamparo, de la desvergüenza de una sociedad que ante un niño que aparece rodeado de tinieblas no encuentra otra solución que la cárcel. No me negará usted, señora, que esto nos sucede a los españoles no es como para mear y no echar gota. Alguien dijo: «Le dejaremos libre para que muera en libertad» Para que muera en libertad En libertad... Ha sido la frase más desvergonzadamente indecente de toda la historia de España.

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