LITURGIA DOMINICAL
El signo del extranjero
De pronto parece que nos asustan los extranjeros. Las noticias los presentan como peligrosos. Son diferentes. Tienen otras costumbres. Algunos de ellos hablan otra lengua. Y muchos practican otra religión. La verdad es que somos muy cínicos. En primer lugar se nos olvida que hasta hace muy poco muchos de nosotros hemos sido extranjeros en otros países. Una parte de la prosperidad de que disfrutamos se debe a los dineros que enviaban a casa nuestros emigrantes. Y, por otra parte, nuestras costas hace muchos años que están llenas de extranjeros, a los que hemos abierto las puertas de par en par y a los que hemos consentido demasiadas cosas con tal de que dejaran dinero en nuestras arcas. ¿O no? Lo que pasa es que éstos son extranjeros ricos. Así bien claro está que lo que nos inquieta no es la condición de extranjería sino la de pobreza. Por eso nos inquietan los nuevos extranjeros que llegan a nuestra tierra. El vecino Y sin embargo, el extranjero nos enriquece e ilumina. Ernesto Sábato ha escrito que pocas veces el creador de algo es reconocido por sus contemporáneos. Lo reconoce la posteridad «o al menos esa otra especie de posteridad contemporánea que es el extranjero». Los que no ven cómo tomamos el café o nos vestimos, dice él. Cuando Jesús volvió a su aldea de Nazaret, sus vecinos no lo recibieron. No le demostraron la admiración que recibía de las gentes de Cafarnaúm. Durante años, ellos lo habían visto comer y vestirse, trabajar y fatigarse. En un vecino ordinario no podían descubrir a una persona extraordinaria. ¿Cómo pretendía ser el Mesías prometido? Jesús recordó cómo los profetas habían atendido a los extranjeros: Elías a una mujer que vivía en Fenicia y Eliseo a un leproso llegado de Siria. La primera era pobre y el segundo rico, pero ambos eran extranjeros (Lc 4, 21-30). Ellos eran la prueba de que el poder y la gracia de Dios trascendían las fronteras del pueblo elegido. Ellos demostraban que el Mesías podía ser reconocido por los de fuera. El profeta El evangelio de Lucas pone en boca de Jesús una frase que sonaba como un proverbio y se ha convertido en refrán universal: ¿ «Ningún profeta es bien mirado en su tierra». Necesitamos un poco de fe para descubrir que Dios nos habla a través de las personas que viven más cerca de nosotros. ¿ «Ningún profeta es bien mirado en su tierra». La virtud de la esperanza nos mantiene abiertos los ojos para vivir vigilantes y aceptar la intervención de Dios como quiera que se presente. ¿ «Ningún profeta es bien mirado en su tierra». Necesitamos también renovar la caridad, es decir, el amor más auténtico, para acoger y escuchar a los que nos son enviados por Dios. - Señor Jesús, te reconocemos como el Profeta definitivo y como el único Mesías verdadero. Ayúdanos a escuchar tu palabra y a seguir tus pasos. En ti acogemos la salvación de Dios. Amén.