CRÉMER CONTRA CRÉMER
Votar o no votar: esta es la cuestión
PUES NO. La cuestión no es votar, sino saber a quién se vota, y por qué y para qué. El llamado «cuerpo electoral» navega con bandera de pendejo, que dirían los mexicanos del PRI y nadie sabe nada o el bailarín y el trabajador. Por otra parte, los señores candidatos, ya proclamados por los respectivos partidos y debidamente sacramentados por los fieles, en sesión general, tampoco se caracterizan por su capacidad y voluntad de esclarecer las cosas. Se habla, ¿cómo no? De Democracia. Pero nadie acierta a dar con el punto álgido del problema, dado que no es lo mismo lo que los unos entienden por democracia (Gobierno del Pueblo), o ya más descarnado el concepto: Democracia del pueblo pero sin el pueblo. Se mencionan términos abstractos, de pura doctrina personal o de acomodo técnico a la hora de solicitar el voto, pero los conceptos se quedan en menciones filosóficas o literarias y si se le preguntara al fiel elector cuáles fueran las razones ideológicas verdaderas, limpias de metamorfismos y de palabrerías de plazuela, obtendríamos una muy extraña conclusión: la de que nadie se siente movido por singularidades doctrinales reales, sino por invenciones retóricas. Los candidatos, frente a aquellos viejos caciques políticos de principios de siglo, que se decía para diferenciarlos de los abuelos del noventa y ocho, que se esforzaban por poner las cosas más abstrusas perfectamente claras, a la altura de la inteligencia del hombre de la calle, del elector sin trampa, pues a diferencia de aquellos que sí sabían a dónde iban y lo que querían, porque se atenían a principios éticos de egregia tradición, los señores que lideran las formaciones actuales, se dejan llevar, que no ganar, mediante el uso de frases más o menos brillantes y términos de tan difícil entendimiento que puede decirse y se dice que la mayor parte del cuerpo electoral, vota por costumbre o por oportunismo, lo que en cierto modo sirve para justificar la práctica del transfuguismo, en la que estamos alcanzando grados de eficacia verdaderamente asombrosos. El elector, que en cierto modo ha venido siguiendo la línea política de determinado candidato, se encuentra al cabo de cierto tiempo y de determinados fenómenos, con que el dicho candidato en el cual, el elector de ley había depositado todas sus esperanzas, se ha cambiado de sitio y ya no cuenta ni canta las excelencias de la política «cuántica», sino la política práctica. Con lo cual, inevitablemente se produce la confusión, como en la construcción de la Torre de Babel. La pregunta es alucinante: «¿Por qué vota usted a quien se dispone a votar?» Y nadie contesta, porque ya lo tienen «asumido», desde la infancia política, de la que aún no ha salido. Votaremos contra esto y contra aquello porque así lo decretan los grandes mariscales de la política, aunque se compruebe que el sistema no funciona éticamente y que cada vez el lenguaje es más intrincado y confundidor. Votar no es la cuestión, sino saber por qué, para qué y a qué hora he de levantarme.