Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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VINE A Ponferrada, a Comala tal vez, seguro que también a Celama. Vine a Ponferrada en medio del frío, cené con los amigos y cuando se hizo la madrugada, ya solitario, me puse a las órdenes de la ciudad. Le hice caso, con lo desobediente que soy. Pero es que las órdenes eran muy fáciles de cumplir. Casi no eran órdenes porque la ciudad se limitó a ofrecerse como una mujer buena y grande, por supuesto desnuda, la piel blanca del norte, los senos muy cálidos, como dicen los poetas malos (que tantas veces aciertan) y el vientre algo ajado aunque todavía dispuesto para el amor, y su sexo lleno de vida, de hombres que pasaron por allí, de mujeres también, y mucha otra gente honorable que andaba a las viejas órdenes, afirmando la vida. Caminaba por la ciudad de los muertos, acaso Comala, otra vez Celama, porque la muerte y el amor ya estaban juntos, como tantas veces, y avanzaba sin prisa, casi fuera del tiempo, bajo la luz de la luna. Ponferrada -nombre feo y querido- parecía un decorado del alma, pero no lo era. Era toda real Ponferrada, Comala, Celama, toda real con su muerte tan luminosa, con todos los muertos atentos, mirándome con ojos amigos, algunos hasta sonreían, y tan pendientes de mí que fue fácil sentirme un rey pequeño de las casas, un hombre perdido y hallado en el templo de la memoria, que también resultó ser el del olvido porque había un pasadizo entre ambos lugares, no sé si santos, acaso inocentes. Volví a la Ponferrada de los difuntos, la patria de uno, y me pasó lo de otras veces: que se me juntaron la infancia y la muerte, la memoria y el olor de la tierra. Son ventajas que trae el vivir tan lejos: que la ciudad natal se nos vuelve religión laica cuando pasa el tiempo. Gran panteón de dioses verdaderos, dioses humanos, con sus defectos y virtudes, dioses griegos pero más dioses que los del Olimpo porque a esos dioses lares de Ponferrada yo los conocí y a los griegos nadie los vio. Yo hablé con ellos, con estos, cuando vivían, y después.Reí con ellos, me besaron, me quisieron, me hicieron el bien y a veces no. Porque todo pasaba en este Olimpo cercano y suficiente que son las calles, mercados y plazas de Ponferrada, las de antaño, tan pobres y de barro, con sus hombres brutos que fueron amigos, paisaje, compañía. Con aquellas mujeres que siempre abrían el tiempo, lo ensanchaban, mujeres niñas, maduras, ancianas, girando todas el mundo hacia otro sitio más habitable, más gracioso, más alado. Y los hombres mirando. Ahí estaban los muertos de esa noche de invierno, reciente. La ciudad continuaba desnuda, ofrecida, y toda mi emoción atenta, claro, por no decir erecta, dispuesto a cumplir en ese coito que dura un año, hasta el año venidero, coito de leyendas y risas, de lágrimas y lluvias, de sirenas del tren, de ríos donde me bañaba, de libros que leía, de cosas que me contaban aquellos muertos tantos, por lo general pobres, sencillos, gente de bien que vivió por allí. Y pasaban las horas, toda la madrugada, y llegó el momento de abandonar el barrio alto, de cruzar luego el puente viejo del Sil, y seguir entre más muertos, todos tan amables, me saludaban desde las ventanas, aquel rostro, aquel otro, aquella mujer que murió hace treinta años, cuarenta, la muchacha que se fue en la flor de la edad (otra vez los poetas malos) y los hombres idos en edades variadas, y entonces empezó a sonar una música dentro de mí, ya camino del alba, la música de las palabras de mi familia, de mi casa, aunque mezclada con los sonidos de las calles de la ciudad de los muertos, y supe otra vez que ese discurso disperso de hombres y mujeres, de gatos y metales, de hogares y sueños, es lo que uno es. Ese viajero que nos sale al encuentro cuando caminamos por la ciudad de los muertos, que todos tenemos la nuestra. Y que no nos falte nunca, para seguir vivos.

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