CRÉMER CONTRA CRÉMER
Diez minutos para morir
YO BIEN SÉ QUE lo que convendría a mi mayor gloria y satisfacción del curioso lector, sería, debiera ser, tratar de ordenar mis pensamientos en torno al fenómeno electoral o insistir sobre la crueldad de la guerra en Oriente. Por lo que conviene a nosotros, leoneses de vocación y de costumbre, nos cabe decir que si alguien sugiere la idea de proponer temas realmente importantes, como podrían ser, por ejemplo, es un decir, el aumento absolutamente escandaloso de todos los artículos de primera, de segunda y de tercera necesidad o la dificultad que tienen los parados para encontrar un lugar donde dejar el sudor y los huesos o si a alguno de los peregrinantes hacia Compostela, en pos de la absolución de todos los pecados habidos y por haber se le ocurriera exigir el perdón por receta, nos apresuraríamos a cerrar su boca y enderezar su corto entendimiento hacia temas de mayor calado social. Como podría ser, y es sin duda, la norma dictada a los señores vigilantes de nuestra salud en todos los centros dependientes de la Seguridad Social, enderezada a que los señores médicos no dispongan de más tiempo para el examen de sus dolientes que de diez minutos como máximo. Porque, debe entender la Ministra del Ramo que en diez minutos se puede examinar, analizar y diagnosticar cualquiera de los males que nos acechan, como por ejemplo la ya famosa gripe aviar o del pollo. En Madrid, en Barcelona y posiblemente en Valencia y en Sevilla, los doctores titulares se han atrevido a protestar por lo que consideran barbarismo legal, por el cual pueden acabar en la fosa de familia centenares o millares de enfermos... Y aunque no sabemos si este plazo de diez minutos por doliente ha suscitado protestas entre nuestros ilustres y nunca bien ponderados médicos de familia auxiliadora y auxiliada, creemos, en nuestra condición de enfermos consuetudinarios, que con diez minutos por barba a toda vela no corre no si no vuela el enfermo hacia la muerte. Y esto, señores y señoras responsables de la medida, nos parece, con todos o con ningún respeto, una de las atrocidades de nuestra hora, tan mísera e infeliz como la de quienes aconsejan correr los cien metros lisos a los amputados de ambas piernas. Para que la tal orden, ley, medida o normal, o lo que sea, no degenere en disparate, convendría que los Colegios, los Ilustres Colegios de Médicos, enfermerías y comadronas se levantaran como un solo hombre, solicitando tiempo para el mejor cumplimiento de su humano cometido. Salvo que todos terminemos por acordar que tal vez éste puede ser el remedio más rápido y barato de recortar la nómina de parados. Y es significativo y altamente aleccionador comprobar que nuestros más egregios candidatos a todo lo que sea, en sus arengas y proclamas solicitando el voto, no se les haya ocurrido insertar reclamar contra el absurdo, el error, el dislate más destacado de nuestra hora, mientras gastan tiempo, saliva y dineros en campañas aberrantes, como es, a nuestro modesto entender de enfermo el limitar la observación médica a diez minutos.