Diario de León
Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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ES UNA anécdota muy usada en los últimos tiempos: Y es que cuando pasó el forastero ante un cartel que decía: «Se traspasa local», no se le ocurrió otro comentario más oportuno ni más agudo que el de escribir debajo, con letras gruesas: «¿A que no?». Con lo cual se quería indicar la dificultad social y naturalmente económica que impedía que la operación se produjera felizmente. Bueno pues algo parecido se nos ocurre a los que andamos con escrituras y debates ante las fazañas de los campeones electorales: Y es que así que se montó el «tiberio» de las composiciones de listas del Partido Popular en el sagrado Bierzo, se produjo el temor de que la operación, en la cual al parecer habían intervenido o se disponían a hacerlo, gentes de la más variopinta especie y condición, abriría heridas y hasta pondría en jaque el actual reparto de poder en la Excelentísima Diputación Provincial. A esta llamada de atención se añadía que «cinco diputados cinco, afines a Escuredo y encabezados por doña Fátima López Placer, pudieran plantear algún problema al actual equipo de gobierno». Y no es que temblaran las esferas ante la amenaza, ni que los señores componentes de la corte de viaje del señor presidente hubieran sugerido la idea de que o se arreglaba lo del Bierzo o le dejarían solo al presidente, pero algo sí que se sintió en la estrosfera, porque el señor presidente de la Casa de los Guzmanes, que es hombre prudente y sobrio en materia de exabruptos, se limitó a decir: «¡No admito órdagos a nadie!». Y los mecanismos siguieron su andadura a través de las sendas de la libertad. Y aunque pareció que la rotunda frase del presidente zanjaba todas las posibles cuestiones pendientes, la verdad es que el suceso, la historia, el asunto de la marginación del señor don Ángel Escuredo, continúa gravitando sobre el electorado berciano, en el cual, según expresiones repetidas durante estos días, se habían depositado muchas, muchas, muchas esperanzas. Tal vez demasiadas. Pero ante el cúmulo de nubes que cubren los cielos bercianos, no falta quien sostiene que esto no se termina así, que esto además de hincharse puede incrementar los sentimientos de frustración que hayan podido promoverse y se sigue temiendo que en un rapto de santa furia política, los condenados al ostracismo, abandonen el cobijo peregrino que el partido les ofrecía y se produzca el temido levantamiento, pese a que el señor presidente sostenga que por supuesto no admite ningún órdago vengan de donde vengan. En política no hay nada previsible, donde menos se piensa salta la liebre, que ya lo dice la copla oriental: El señor Jesucristo nació en un pesebre donde menos se piensa salta la liebre. Y ojalá que esta clase de asonadas electorales no se produzcan, porque la verdad es que tampoco está León para aventuras. Y hacen bien los ánimos si consiguen sosiego y todos los leoneses podemos hacer nuestra la frase famosa. Y es que desde que el famoso personaje dijo aquello de que dejaba la cosa de España atada y bien atada, no cabe ni remotamente que se pueda traspasar un piso, vender una huevería o someter a los sublevados de patera, en la cual esperaban alcanzar las costas de la tierra prometida. Nadie va a echar órdagos ni a la grande ni a los pares. ¿A que no? ¡Para juegos de mus estamos!

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