CRÉMER CONTRA CRÉMER
En estado de alerta
ES COMO si esperáramos en otros andenes la llegada del tren que no acerca al ser querido. Nos sentimos como si la sangre de pronto se nos fuera cuajando a media que pasa el tiempo. Nos encontramos en el período angustioso de la espera. Y prevenidos cautelosamente para la sorpresa. Es, en suma, el tiempo del cambio. Y este no se produce ni mucho menos, transcurre el ritmo que nosotros quisiéramos ni por supuesto con el resultado que teníamos previsto en nuestros cálculos. Se produce en la sociedad, incluyendo los menos distinguidos por el favor, un estado de expectación que se va madurando a media que transcurren los días y se producen los cambios. Porque rara vez llueve a gusto de todos. Por si acaso las conclusiones del cambio no nos fueran todo los favorables que deseamos y necesitamos, montamos la guardia, nos pertrechamos del armamento adecuado y declaramos el estado de alerta en toda la comunidad. En esas estamos. Los sucesos del cambio se precipitan, aunque parezca que no se mueven, y anotamos los diversos trances de la aventura en la memoria para que puedan servirnos en el futuro. Sucede, suele suceder que en las batallas, los vencidos encrespen sus comportamientos, cargando el tanto de culpa de sus derrotas a los fenómenos atmosféricos, a la llegada de las hordas del Asia Central o a la perfidia y las malas artes del perjuro de turno. Y promueven acciones de réplica, como si les fuera posible con ello enmendar los resultados. En León, que es lo que de verdad nos interesa, por su proximidad y efectos directos, todavía los derrotados aparecen en el primer tramo del estado de réplica: cargan el tanto de culpa sobre cualquier signo adverso a fin de eludir sus propias responsabilidades. Es el caso del núcleo principal del Partido Popular. Sin querer aceptar que la culpa, la responsabilidad, el pecado que produjo su derrota, fue consecuencia de su soberbia, de su ineptitud para el mando, de su inconcebible torpeza para la elección de sus tropas principales. El Partido de la Unión del Pueblo Leonés, fue derribado del solio al cual se había subido en un alarde continuado de manejos estratégicos que no consiguieron nunca calar en lo hondo de la sociedad. Y al Partido Popular le contemplamos durante todo el periodo electoral como sumido en la atmósfera de dominio que se había forjado, sin darse cuenta de que estaba cada día más sólo, más ajeno, más distinto. Fuimos testigos de la soledad dramática en la que se movía alguno de los más sólidos valores humanos, mientras los ya incluidos en la nómina presupuestaria se limitaban a contemplar la lucha desde las comodidades. Solamente los militantes socialistas parecían saber lo que se jugaban. Y ganaron por eso, sin que fueran decisivos ni las metrallas ni las mentiras. Evidentemente ahora nos encontramos en tiempo de cambio. Suenan los clarines de las emergencias y de las penitencias. El ciudadano humilde y errante espera confiado, aunque sabe, por boca de aquel Don Miguel de Cervantes, que: Las grandes hazañas sólo para los grandes hombres están guardadas.