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VICTORIANO CRÉMER
León

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NO CREO estar descubriendo ningún Mediterráneo, si digo y repito que, entre los centenares o millares de señores candidatos o algo de la política, el más despierto, el más agudo, el más chistoso y coñón, es el ministro de la Guerra nuestra, señor Trillo. Cuando menos lo esperas y en los lugares menos adecuados para el ejercicio del humor y del cachondeo, el señor Ministro de la guerra y de la defensa, se sale por un chascarrillo que inevitablemente provoca la carcajada unánime. Y sus frases de ingenio y oportunidad son ya famosas y figuran en las páginas de la Tontología Nacional cuando se le ocurrió el graciosísimo exabrupto de «¡Manda huevos!», la risa suscitada no fue por barrios, sino por Estados, y cuando recordó sus sueños guerreros para la conquista a brazo del islote «Perejil» todas las ancazagas de la morería temblaron a impulsos de la risa. Y no digamos la última de las salidas cuando se le instó a tratar de la guerra del segundo golfo, o la segunda guerra del mismo golfo, con aquellos militares muertos en el viaje trágico de un avión de alquiler: «Hoy no toca», dijo y sonrió. El mundo hispánico quedó de piedra. Y en la agenda general de las famosas elecciones de marzo del 2004 quedó clavada la salida de pie de banco del señor Ministro de la guerra... De modo que cuando, aupado a los atriles electorales este mismo prodigio de la imaginación creadora que resulta el señor Trillo, nos invita a votarle para que siga ocupando el puesto de mando en la política española, nos tememos que está pronunciando un chiste de nueva creación y retrocedemos. Porque ¡manda huevos! Que nos invite el ilustre mílite a elevarle a los más altos estrados cuando nos ha acostumbrado a enfrentarnos con los problemas con una de sus gracietas, a lo Tonetti, que en paz esté. Cuando se nos instaba a participar en la pelea política, se intentó convencernos de que evidentemente la abstención es una de las formas más agresivas de dinamitar la democracia, pero es que, pensamos, ¿y si al disponernos a intervenir, se le ocurre al ministro sugerirnos que «No toca»? Allá por los años de la primera Gran Guerra europea, con Mata-Hari y todo, los ciudadanos de la Península Ibérica, que nos habían declarado ajenos a los intereses que se debatían en aquella matanza general, evitábamos, cuidadosamente, vernos comprometidos en la refriega, y así que se acercaba a cualquiera de nosotros, un amigo, vecino o conocido de cuando la escuela, pretendiendo que le explicáramos de qué iba la cuestión y qué podríamos sacar en limpio los españoles, (a los cuales desde tiempos inmemoriales nos había tocado bailar con la más fea) nos desprendíamos del compromiso, rechazando el diálogo con una frase lapidaria: «¡No me hable de la guerra, que soy neutral!». No conozco a estas alturas ya de la situación, dado que me dispongo a pasar las vacaciones de Semana Santa, en santa penitencia; desconozco, digo, cual es la situación en la que España se encuentra, políticamente hablando, ni por lo tanto si la proporción de abstenciones ha superado los límites de lo normal, pero si efectivamente nos sobrepasan los abstenidos a los comprometidos, piensen que la culpa puede ser de aquellos que toman la responsabilidad del poder como una plataforma para contar chistes. Porque ¡ay de mí infeliz! la política es una cosa muy seria, pero que muy seria.

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