LA GAVETA
El reino libre del Bierzo
LA provincia de León revive en las últimas semanas el viejo dolor de no haber sido comunidad autónoma, suerte que sí tuvo la minúscula Rioja (¿por qué ellos sí y nosotros no, Rodolfo Martín Villa; por qué?). León se duele de su infortunio, de su no entender qué pinta en esa especie de Portugal interior -y con poca saudade- que tiene su epicentro inversor y protagonista en la noble ciudad de Valladolid; en sus políticos bienintencionados y oscuros. León, la provincia nuestra, está melancólica por pertenecer a una vastísima demarcación vertebrada sobre el papel, pero que no se vive en el tiempo real de las personas. Porque, vamos a ver: ¿qué plus nos une a los segovianos que no nos vincule a madrileños o toledanos? ¿Y no es buena verdad que a los leoneses nos es mucho más remota Soria que Galicia; incluso Burgos que Asturias? Pero para qué seguir, si todo es desimplicación y desengaño. Y digo desengaño porque uno, en tiempos, sí fue defensor de ese gran magma del Duero. Creí que se trataba de un empeño interesante y prometedor hasta que empecé a ver el rumbo de la demografía de mi provincia leonesa y la comparé con la de Valladolid, por ejemplo. A medida que el eje Valladolid-Palencia-Burgos crece, el eje sobre sí mismo de León se ralentiza. Por eso empecé a cambiar. Lo malo es que ahora mi alternativa es muy osada. Radical y literaria. Porque ya me quité de los mapas de siempre. De todos. Olvidé la cartografía de Castilla y León, tan gigantesca, y también hice caso omiso de la fantasmal región leonesa-zamorano-salmantina, porque nadie se la cree, y en Salamanca menos. Y hasta dejé atrás la autonomía uniprovincial, esa ruta perdida. Porque lo que ya buscaba era centrarme en el querido Bierzo, defenderlo a mi aire. Y esta vez, la definitiva, ya no pido que sea comarca esclarecida, provincia luminosa, ni siquiera comunidad autónoma propia, la Rioja del occidente. Ahora lo que reclamo es la emancipación total, aunque no bajo el histórico y etílico nombre de la República Independiente del Bierzo, sino en otra clave, en la que no niego que la boda de ayer tiene su influencia. Porque ahora anhelo un Bierzomonárquico. Un reino libre y la bandera blanquiazul y coronada en la ONU, que ya no me conformo con menos. Tratar de igual a igual a España, a Portugal, a Francia. El Bierzo como una Andorra grande y vinícola, y con su liga de primera división que permitiría que un año sí y el otro también la Deportiva jugara la Champions. Y el Atlético de Bembibre la UEFA. ¿Y nuestros reyes bercianos? ¿Qué casa real sería? Yo apuesto por gente del país. Una reina o una dama de las fiestas de Ponferrada, que todas son bien guapas y elegantes, elevada a la suprema magistratura. Y su esposo de consorte. La casa de Arganza podría llamarse esta legitimidad: es un nombre bonito. Y mi admirado amigo Antonio Pereira de Defensor del Pueblo. Y mi también amigo Antolín de Cela, cardenal de la Conferencia Episcopal Berciana. Y luego las autonomías internas, pequeñas pero bravas. Laudino García sería el lehendakari del Alto Bierzo. Y Estanga Rebollal, el del Selmo. Y no me olvido de las relaciones con otros países, y ya casi sueño con el recibimiento que le daríamos a Carolina de Mónaco, musa de mi generación. Y la universidad sería libre del todo, soberana. Y habría otra más en Villafranca, con carreras de humanidades, por descontado. Y una fábrica de coches en el polígono del Bayo. Y sigo soñando, todo tan bonito: un aeropuerto internacional allende La Placa; el Teatro Nacional de la Ópera en Ponferrada; un batallón de soldados bercianos poniendo paz en Bosnia; el AVE Puente Domingo Flórez-Peranzanes; una conferencia de paz -definitiva- entre judíos y palestinos que se celebraría en Cacabelos; la victoria en Eurovisión... Ya no quiero despertar.