Diario de León

Un corazón con ADN azul

Luis Alfonso de Borbón, bisnieto de Alfonso XIII, preside en París el sepelio de la reliquia de Luis XVII entre vivas al rey. Los legitimistas le consideran sucesor al trono francés como Luis XX

Momento del sepelio de la reliquia de Luis XVII, su corazón

Momento del sepelio de la reliquia de Luis XVII, su corazón

Publicado por
Fernando Iturribarríaparís
León

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El corazón momificado de Luis XVII de Francia yace desde ayer en la capilla de los Borbones de la basílica de Saint Denis (periferia de París), a escasos metros de los cadáveres decapitados de sus padres: Luis XVI y María Antonieta de Austria. Una solemne ceremonia, con la pompa y el boato de los añejos tiempos de la monarquía, puso epílogo a uno de los enigmas más apasionantes de la historia gala. Luis Carlos Capeto, Luis XVII en el orden dinástico, murió de tuberculosis a los diez años de edad en la prisión parisiense del Templo el 8 de junio de 1795, hace 209 años. El hijo pequeño del rey Luis XVI y de María Antonieta nunca llegó a reinar ya que la república fue proclamada en Francia el 21 de septiembre de 1792, aunque varias potencias extranjeras, incluidos los Estados Unidos, lo reconocieron como monarca. De sus restos mortales, arrojados a una fosa común de París, sólo se conservó el corazón, guardado por uno de los médicos que practicaron la autopsia. Desde entonces una fuerte polémica, origen de cerca de 800 obras, sacudió a historiadores y especialistas en Luis XVII sobre la hipotética sustitución en prisión del mártir por otro niño. Hasta que hace cuatro años unos análisis genéticos, comparados a muestras del cabello de María Antonieta y dos descendientes de los Hasburgo, certificaron que el corazón tenía ADN azul. «Viva el Rey» El sepelio de la pieza perdida del rompecabezas real fue presidido por Luis Alfonso de Borbón-Dampierre, duque de Anjou, al que los legitimistas reivindican como pretendiente al trono de Francia con el nombre de Luis XX. El treintañero madrileño, bisnieto de Alfonso XIII y del general Franco, fue aclamado al grito de Viva el Rey por la muchedumbre que abarrotaba el templo, necrópolis de los reyes de Francia. También asistieron su abuela, Emanuela de Dampierre, duquesa de Segovia; Carlos de Hasburgo, en representación de la familia imperial austríaca; la princesa Helena de Yugoslavia y otras figuras de la realeza europea. Estuvo ausente Enrique de Orléans, conde de París y jefe de la casa real de Francia, que considera usurpadora a la otra rama de la familia. «Me parece lamentable que príncipes extranjeros -ya sean del Santo Imperio Germánico, de España o Italia- se disputen honores a los que su ausencia de legitimidad dinástica no les confiere ningún derecho», atacó con una andanada de lesa majestad. Los monárquicos franceses tienen el corazón partido.

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