Diario de León
Pedro García Trapiello

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ESE RÍO se escoñó por una ruin escollera que la vida escollonó convirtiéndolo en rasera, en rasera fusilera, en zanjón y paredón que reducen su función a robo con escoñera; ahora es solo canalón, canal en su perdición, expolio de garduñera, no ribera, sí gatera por donde se cuela en rondón el ingeniero, el bribón, el puta y el robaperas, el atropos, la gravera, el mamón y el alcaldón que del cerebro al mentón es todo él escoñera; ahí está Puente Paulón, ahí está Vegacervera. Mañana se hablará de este tema de las escolleras, encauzamientos y tajadas choperas por la cara dentro de la Semana Internacional de la Trucha. Celebro la oportunidad y vuelvo sobre andadas mojadas a riesgo de parecer pelma, pero lo que están haciendo con nuestros ríos es la salvajada medioambiental más bestia e irreversible de cuantos atentados contra el medio se perpetran en León. Heredamos unos ríos que dictaron su ley y su capricho de belleza y privilegio en corredores verdes de amplia avenida. Nuestros abuelos no dispusieron de la maquinaria feroz y voraz con que hoy ejecutamos el delirio de robarle al río lo que malvendimos en predios comunales. Antes se defendían de las ocasionales riadas a mano y con gavión, fortificación de morrillo trabado en malla metálica. Hasta ahí alcanzaba el robo, no más. Hoy se arrasan sotos enteros, se nivelan, se ponen en cultivo intensivo de chopera de rápido crecimiento y hasta lo convierten en suelo urbanizable para que ayuntamientos y chiringuitos planten sus reales. Existen incluso partidas de limosneo europeo que se destinan a «recuperación de márgenes fluviales». Dicho así, se entiende que el objetivo es devolver sus orillas propias al río, pero la realidad es bien distinta; esos dineros sirven para poner aceras, escolleras que arrasan la vieja aliseda que de antiguo grapaba las márgenes del lecho fluvial. Y los pescadores, que son quienes mejor alcanzan a medir la riqueza biológica de nuestros cauces, claman y demuestran que no se ve hoy ni el veinte por ciento del patrimonio truchero aún constatable hace sólo treinta años. El río es canal por el que se escopeta el agua; todo es rasera; ya no existen los viejos pozos, el refugio del pez en estiajes, ni hay presas de suelo grijoso para el alevinato... Escoñados de sentido común, todo se nos vuelve escoñera.

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