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UNA ALBARDA como sacada de aquel juguete exin-castillos le ha caído encima como una injuria a ese puente que era bello en su media ruina, puente mordido por una riada del XIX y por la incuria posterior dejándole tuerto con una sóla bóveda y un tajamar redondo. Conserva pocos de sus sillares originales en el arco y en los riñones; el resto es relleno, mampostería tosca; y tosca ha sido su rehabilitación, horterilla su estampa. Vegacervera es el sitio. Por fardar, dicen allí y por aquí que es romano y es buena trola. Otros le dicen medieval y es también mentira. Ese puente fue levantado en el siglo XVIII, anteayer, y no muy buenos fueron los cálculos, pues el primer embate de una fuerte avenida lo arruinó, decidiéndose después hacer uno nuevo un poco más arriba. Algún listo con prebenda municipal decidió en este siglo hacerse una casa sobre el estribo derruído robando además los sillares y piedra que al pie tenía y que sus muros enseñan como botín, robando pasos y servidumbres, robando al común. Lo peor de estos robos con impunidad es que sientan precedente, porque hace dos años vino otro listo y robó el río entero que allí había; hoy es canal infame, escollera horrenda, más exin-castillos que el gusto pueblerino consagra y aplaude, un bofetón artificial como de parque temático y aventurero. Me dijo su alcalde un día «vete a verlo, que alucinarás de lo guapo que ha quedado»; como patada en el bazo me sentó; y no me repongo. Es el mismo alcalde que pintó de color butano ese espanto polideportivo que rompió toda la belleza que el pueblo tuvo un día, porque en los setenta Vegacervera fue declarado el primer pueblo más bonito de León y hoy lleva todos los boletos para alzarse con el título de pueblo mejor maltratado (esta violencia de género tonto no tiene código penal, una lástima). En Vegacervera los polideportivos parecen fábricas de chorizos; y las fábricas de chorizos, polideportivos. Lo peor de estas gracias municipales no es que sean injuria, sino la millonada que cuestan. Cuando un cazurrín tiene sólo una peseta, ingenia y discurre (ahí está toda la riqueza arquitectónica popular de cuando no había arquitectos). Déjale la garra cerca de un presupuesto y le verás parir disparates, megalomanías o ponerle a un Cristo dos pistolas y un teleférico.

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