Diario de León

Gente de aquí | Cuando los sueños son altos

El corazón no es pequeño

El astorgano José Burgos, Pepín, alma de El Bombero Torero, recibió ayer un homenaje en el coso de León con ocasión de su retirada de los ruedos cuando finalice esta temporada

Publicado por
Vicente Pueyo - león
León

Creado:

Actualizado:

¿Torero, artista, atleta?¿ «Soy un cóctel molotov». ¡Casi nadie este astorgano nacido en Madrid en 1949 por exigencias del guión!. José Burgos, Pepín, es pequeño de estatura pero no de corazón. Cada tarde lo demuestra dándolo todo, y más, en un colectivo que más que un «espectáculo cómico-taurino» es ya una leyenda que forma parte de nuestra memoria colectiva: El Bombero Torero. Una chifladura que salta la barrera de la lógica en el mismo enunciado. Pero todo tiene explicación. Pablo Celis, el creador del grupo, tenía fijación, durante sus tiempos de tramoyista, con un bombero bigotudo que estaba de guardia en el teatro. El humor y la rima fácil hicieron el resto. Lo grande y perdurable siempre comienza siendo sencillo. Para Pepín esta temporada no es una más. Después de 40 años de brega, cada plaza, es hoy sinónimo de adiós. «Explícalo bien: no es que me retire en León; es que es mi última temporada. Después de León aún nos quedan muchos festejos, pero, eso sí, después me jubilo». Sí, claro, pero ayer en la plaza del Parque el gusanillo iba muy por dentro. Ya a mediodía, su temperamento hiperactivo le hacía ir de aquí para allá, en el patio de caballos, atento a los más mínimos detalles. Algo distinto se mascaba en el ambiente; como si se estuviera preparando para una de sus tardes más grandes. Su apoderado, Jesús Gil, lo conoce como pocos: «Es un puntal. Es de esa gente imprescindible y seria que asume la responsabilidad y que ha sido alma y guía del espectáculo. En el ruedo se transforma y le sale la vena simpática y su gran capacidad de improvisación; y, sobre todo, siempre está pendiente de todos». Ese es su mejor aval: «Tengo amigos en todo el mundo. Si en algo soy rico es en amistades». Pepín está fuerte a pesar de que su columna vertebral ha tenido que aguantar dos latigazos de órdago; pero es consciente de que el tiempo no pasa en balde: «Los becerros tienen un año y, al año siguiente, siguen teniendo un año. Pero yo tengo un año más cada año que pasa¿». Es ya mucho el albero pisado, en España, en América, en Francia, en Portugal¿ incluso en lugares tan insólitos como Líbano o China. «He toreado en la plaza más grande del mundo, la de México, y en la más pequeña: la de Mijas». Lógico que te mire como desde la barrera al preguntarle: ¿y ahora qué?. Él se acuerda entonces del bajón de su padre -el famoso Don Milímetro - cuando tuvo que retirarse después de una vida bohemia. Quizá Pepín se marche sin marcharse. Además, no hay antídoto contra ese virus incurable que le inocularon: el extraño e indomable virus capaz de hacer saltar la emoción y la risa.

tracking