CRÉMER CONTRA CRÉMER

¡Pues anda; que lo del tabaco!

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VICTORIANO CRÉMER
León

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LOS MÉDICOS de familia, los veterinarios, los maestros de escuela, los catedráticos, las mujeres sin fronteras, los encargados de las ONGS, (que viene a querer decir algo así como Organizaciones no oficiales para la atención a los niños de Uganda) y naturalmente todos los grandes, medianos y medio pensionistas preocupados por la salud del cuerpo nacional, han deducido de sus ensayos e investigaciones que el tabaco mata, cosa por otra parte que los viejos de la tribu lo sabían antes de lo de Guzmán el Bueno. El tabaco mata, y el vino tinto, y el coñac de garrafón, y el comercio carnal, y los automóviles y los toros, y las sopas de ajo sin ajo, y el sol que más calienta y el rayo que no cesa. Es obligado que llegado a estas tremendas conclusiones, a las cuales no hemos querido añadir las víctimas producidas por el cáncer, por el reuma, por el paralís, y por la cirugía estética dedicada a transfigurar a mi tía Bernarda, pues digo, quiero decir, que es obligado que alcanzadas estas sabias conclusiones con el dramático estrambote de que el tabaco mata, una de dos, o dejemos de fumar por instinto de conservación o hagamos «puto caso omiso» a tan tremendas profecías. El tabaco, dicen las cartelas luminosas antitabáquicas «provoca cerca de sesenta mil muertos bien muertos al año», y como se da la circunstancia de que el advertido por tan tremenda amenaza ya ha muerto, el superviviente sigue fumando. Y las mujeres, más. «Fumando espero» cantaba o predicaba aquella Sarita del puro con sortija, y aunque tanto le daba que fuera el hombre que más quería o uno que pasaba por la calle, el caso es que aquel poema musical suscitó la curiosidad de la mujer española, que apenas fumaba por entonces. Y hoy tenemos la oportunidad de comprobar que el cliente más ferviente del cigarrillo es la mujer. En los felices años veinte, cuando de una chica se decía que fumaba, equivalía a consignarla entre las pupilas de Santa Isabel de Ceres, la novela de Vidal y Planas. Nosotros, o sea los mozos, comenzábamos a fuma cuando nos llamaban para la guerra, para cualquiera de las guerras que organizábamos o que nos montaban los americanos, como cuando lo de Cuba, Filipinas, México, etcétera. Luego, seguíamos fumando hasta hacernos hombres hechos y derechos para casarnos y tener hijos para el cielo. Después para matar el tedio que provoca el matrimonio y así hasta la vejez que, por lo regular, siempre nos cogía muy mayores. Y entonces nos moríamos. ¿Por el tabaco? Pues sí, un poco por el tabaco, otro por el hambre. Hasta hoy. Las autoridades, empezando por el ministro de Hacienda, condenan la deliciosa manía de fumar, aunque precisamente si efectivamente el gobierno entendiera que el tabaco mata, con prohibirlo como producto comercial con IVA bastaba. Si, pero ¿de dónde sacaban los dineros los gobernantes para pagar los sueldos, dietas y otros gajes de los ministros, subsecretarios, presidentes, alcaldes y demás gente de buen vivir? He ahí la cuestión, que diría Shakespeare, que, por cierto no fumaba. 1397124194

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