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ESE ARBOLÓN de La Condesa que el otro día me susurró cosas tiene razón para saber hablar y hacerlo con relativa finura. Se ve que domina formas gramaticales y hasta la gramática parda porque tuvo dónde leer, ya que apoyado en su pie pilló sombra muchos años un kiosko con mucha prensa y pirulís. Con sólo echar un vistazo vago a las portadas de periódicos y revistas tenía sobradas pistas claras para saber por dónde vamos, en qué país vivimos y de qué pie inmobiliario cojeamos. Ese arbolón tiene muchos ojos porque es un plátano de Londres con la copa más majestuosa de todos los árboles que se alinean en este paseo y en el de Papalaguinda que lo prolonga. Pero su prosapia le viene de creerse vecino de Quevedo, aunque de Quevedo no ha podido leer nada más que el canto de un libro de bolsillo que con el título «Poesía satírica y política» se vendió allí una vez en los setenta sin venderse (se fue al paquete de devoluciones), pero sabe que don Francisco estuvo confinado, más que preso, en ese conventazo de San Marcos al que mira todo el día sin cansarse del paisaje plateresco. Dice que es un alarde para apabullar y que la Orden de Santiago se ve que no era manca de cuartos y ostentaciones. Y cuando ve algún guía turístico explicando a su tropa guiri que aquello fue hospital de peregrinos, se carcajea de la patraña, porque San Marcos era la casa madre de la orden, el palaciego aposento del gran maestre y su cabildo; a los peregrinos les daban una palangana para los pies en ese caserón contiguo donde resiste hoy el Procurador del Común con estrecheces y pilas de quejas en legajo que desdeñan los políticos. No sé hablar a los árboles, pero le dije que se dejara de vueltas y que me enseñara el prodigio que prometió mostrarme. Lo entendió. Pues mira a ese río emputecido que por aquí pasa tieso y deshonrado, canal canalón, tábula rasa sin cuerpo ni caderas; y un río sin caderas es mujer estéril que no empreña ni seduce. Fue un día Bernesga dibujado por millones de años con soto pedrerón y mucha arboleda, pero en la noche del sentido común lo robaron por la cara y al amanecer lo fusilaron con cemento. Ya, viejo amigo, ¿y el prodigio? Calma, rapaz, no emburries, que soy viejo. Ten paciencia, que el prodigio sigue a la vista del que sepa mirarlo. No se irá... por ahora.

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