SOSERÍAS
Aromas de Leyenda
IMPORTA VOLVER al aroma, reconocer los aromas, identificarse con ellos, hacer del aroma el eje placentero de nuestras vidas. El aroma no tiene nada que ver con el olor. Es un gran error confundir ambos vocablos por lo que se impone hacer el esfuerzo de diseñar para ellos un destino diferenciado. Propongo dejar la palabra olor para lo malo, para lo pestilente o mefítico, porque incluso cuando algo huele bien, huele demasiado, excesivo, como si quisiera llamar la atención de lo bien que huele y esta altivez y ganas de notoriedad hace perder al olor dignidad y seriedad. El olor es por ello lo que nos remite a los fritos medio requemados, al dinero fementido, a las ventosidades o follones, poco más. Cuando se dice que alguien muere en olor de santidad es porque huele a muerto, muy santo y muy piadoso, pero muerto, y quien es aclamado y vive en olor de multitudes es que huele a sudor y humores de ciudadano que proclama lealtades pero que se halla deficientemente aseado. Por el contrario, la palabra aroma es sutil y tiene la suavidad de las caricias del lenguaje. Nadie puede decir qué mal aromas mientras que sí decimos qué mal hueles, desgraciado. Aroma es perfume, bálsamo, fragancia, un no sé qué que nos tranquiliza y nos hace benéficos. Aroma es igual a esencia y esta, la esencia, es lo fundamental, lo permanente y lo necesario de las ideas y de los objetos, el compendio de lo que realmente merece ser destacado. Valle - Inclán escribió «Aromas de leyenda» que luego incluyó en un librito donde metió también, y no por casualidad, «La pipa de Kif», toda ella aroma y sahumerio. Hubo en el pasado tratamientos médicos por los aromas y fueron los árabes quienes perfeccionaron la destilación de los aceites esenciales. Tomamos infusiones de tila, de manzanilla o de eucalipto y, sin embargo, nadie nos ofrece en el restaurante aroma de higos frescos o de un mango carnal, arriñonado y glorioso. Mi amigo, el Profesor Martín Mateo, ha inventado un reloj que despierta, no por el odioso timbre, sino por el aroma que el usuario selecciona, aroma a café con leche, a dulces recién horneados, a bosque virgen, a virgen anhelante... Un hallazgo que debería hacer rico a su creador pues nos evita el sobresalto y nos traslada desde el sueño a la vida enla más apacible compañía. Por todas estas razones sorprende que, en la época de los electrodomésticos, de los mil y un utensilios caseros y superfluos con que llenamos nuestras casas, no exista en las grandes superficies una oferta rica de pebeteros. La pareja que se va a casar piensa en el tostador de pan y en el recipiente para preparar la fondue pero no se acuerda de instalar un pebetero en la entrada y otro en el dormitorio. ¿No se advierte lo que gana una casa con un pebetero encendido en el que se hacen humo delicados perfumes, en el que el ámbar, el espliego o el almizcle nos emiten sus guiños imperecederos? Compramos un armario para guardar los vinos y otro para los quesos, un grabador DVD y una pantalla táctil y una composición modular para el dormitorio y todo ello está bien, nadie debe formular crítica alguna a esta voracidad de consumo porque cada objeto tiene su sentido y hasta puede ser que alguno sirva para algo. Pero se comprenderá que, en en tal contexto de dispendio, es donde el olvido del pebetero alcanza mayor gravedad. A un ateniense de la época de Pericles no se le hubiera ocurrido tomar a una joven en matrimonio sin pebetero que, a la sazón, figuraba en todas las listas de boda de las tiendas de fuste. Cuando Agripina se casó con Germánico, lo primero que le pidió fue un pebetero donde hizo quemar fragancias inolvidables y solo cuando se halló suficientemente animada por los estímulos del olfato, consintió en que Germánico la desflorara. Lo que culminó con ejemplar acometividad. Ahora se habla mucho del buen talante y se impone parair a la moda ser talantoso y complaciente. Está muybien. Pero habría que incorporar el aroma y así diríamos que los ministros son dialogantes pero sobre todo que son aromatizantes. Y esto nos haría verlos ya con definitivo buen talante.