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JOSÉ ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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PARECE una persona, pero no lo es. Has recogido el recibo y la maquinita te da las gracias. Es una voz «enlatada», pero la idea no está mal si logra educar a los que han olvidado ya lo que es la gratitud. La maquina está imitando cada vez más a la persona. Pero también es verdad que hay muchas personas que parecen imitar a las máquinas. Te dan las gracias sin mirarte a los ojos. Y, por supuesto, no pueden recordar la expresión de tu rostro. Todos recordamos a algunas personas a las que hemos hecho algún favor al que no estábamos obligados. No lo hacíamos buscando un gesto de gratitud, pero nos extrañó no recibirlo. Con aquel olvido nos demostraron que iban por el mundo como si todo se les debiese. Sólo las personas humildes pueden ser de verdad agradecidas. Los altaneros y engreídos no saben agradecer. Unas veces porque no perciben la gratuidad en el trato que reciben. Y otras veces porque están tan pendientes de sí mismos que olvidan la presencia de los demás. Agradecer los favores que nos hacen es confesarnos deudores. Asombro y gratitud El evangelio de hoy nos presenta a diez leprosos que fueron curados por Jesús (Lc 17,11-19). Los diez formulan una oración de petición. Pero sólo uno de ellos supo volver a Jesús para darle las gracias. El relato describe cuidadosamente sus gestos. Si por una parte alababa a Dios, por otra era capaz de postrarse a los pies del Maestro. El texto trata de subrayar el sentido religioso de aquella gratitud. Y al mismo tiempo indica que Jesús es el mediador de Dios. Este episodio no puede reducirse a una lección de cortesía. Tiene una intención más profunda: la de mostrar a Jesús como un profeta. Con razón la primera lectura de la misa de hoy recuerda cómo otro leproso fue curado por el profeta Eliseo en la misma tierra de Samaría. Además de la curación por el profeta y de la curación de una enfermedad temible, hay otra coincidencia importante en los dos relatos. Ninguno de los dos leprosos era judío. Los de casa parecen considerarse con derechos a la intervención de Dios. Los extranjeros están más preparados para el asombro ante esa intervención. Y para la gratitud. En un mundo secular Ante los gestos del leproso agradecido, el evangelio coloca en boca de Jesús una pregunta que nos remite a su tiempo pero también al nuestro: ¿ «¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?» Los samaritanos eran mal vistos en Israel. No se trataban con los judíos. Eran considerados como cismáticos y herejes. Y, sin embargo, el espíritu evangélico descubre también en los alejados una capacidad religiosa que no se encuentra en «los de casa». ¿ «¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?» En nuestro mundo secular y paganizado muchos pretenden poder construir su vida al margen de Dios. En todo caso apelan a su gracia cuando se encuentran en un aprieto. Pero luego no son capaces de manifestar en público su religiosidad. De nuevo son «los otros» los que nos recuerdan los gestos que revelan el espíritu religioso. - Señor Jesús, profeta de Dios, que nos has concedido el don de la salvación, por ti alabamos a Dios y te damos gracias por la misericordia con que siempre nos has acogido. Amén.

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