CRÉMER CONTRA CRÉMER

A De Francisco no le escribe Amilivia

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VICTORIANO CRÉMER
León

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¡ESTO SÍ QUE ES para mear y no echar gota! Resulta que Don José María Rodríguez de Francisco, padre putativo de la comunión de los santos formada por Don Joaquín Otero y tres de los suyos, vuelve a la casa. En unión, naturalmente de la miembro de la misma disidencia, Doña Covadonga Soto. Y, según algún rastro seguido con toda la perversidad de que se es posible en políticia, si se dan tiempo y armas intervendrán en el pleito, proceso o chapuza de la privatización de las aguas que hemos de beber, sin duda, al cabo de análisis intensos. O sea, que se incorporan a la clase, como si no hubieran roto un plato. Y sí, señor que han roto, no un plato sino la vajilla completa, porque los dos compañeros de partido, tienen al parecer el propósito de crear otra Unión del Pueblo Leonés, se sospecha que sin Joaquín Otero y sus tres muchachos municipales. El pueblo de León, como le sucedería al pueblo de Santa Marta la del Encinar, no sale de su estado de asombro, sorpresas y desconcierto. Y es que dicen los sabios de barrio que si un albañil, por ejemplo, o un carpintero o un funcionario, abandonara el puesto de trabajo, sin ningún motivo (no como los obreros de los astilleros, que se echan a la calle para ahorrarlo en comida) pues si uno de los proletarios que aún conservan el puesto de trabajo, decidiera abandonar la garlopa o el torno porque el patrón no se aviene con sus demandas, lo más probable es que al cabo de un tiempo fijado en las normas, fueran despedidos, sin que les valiera al cabo del tiempo de vagancia, volver a llamar a la puerta de la empresa para decir, que bueno que vuelven, como Aznar al Partido Popular. Y no, señora y señor, no, aquí el que abandona la herramienta se queda de cuadra o dimite para los restos. De modo que el regreso de los dos disidentes de la UPL, señores De Francisco y señora Soto, ha producido cierta expectación en el llamado cuerpo electoral, para el cual estos juegos de lo dejo y lo tomo, le parecen poco formales y por supuesto nada ejemplares. Y cuando en última instancia se adelanta el señor De Francisco a las candilejas municipales para explicar el motivo de su fuga, solicitando el perdón de sus pecados, van y envían el mensaje más desproporcionado que cabía esperar. Pues, además de no pedir disculpas a nadie, amenaza con no dialogar con aquel que fuera motivo de su descarrío, Don Mario Amilivia. Esto se está pareciendo ya bastante al Circo Americano, con sus cabriolas, sus trances en la cuerda floja y sus payasos. Porque para rematar la serie de ejercicios el señor De Francisco, apenas proclamado que no está dispuesto a dialogar con Don Mario, deja escrito: «Ni a Covadonga ni a mí nos ha escrito Amilivia¿», aunque después añade que si lo hiciera romperían su comunicación. ¿En qué quedamos? Porque en sus palabras se trasluce un cierto estado de congoja precisamente porque Don Mario no le escribe. Análogo estado vital que el que consumía al Coronel de García Márquez. Y como nos parece que el culebrón de la Unión y el Fénix ya está pasándose de rosca, las buenas gentes de la población se dirigen al señor Amilivia rogándole, con lágrimas en los ojos, que escriba al señor De Francisco. ¡Escríbale usted, Don Mario, escríbale!

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