EL PULSO Y LA CRUZ
In memoriam: Don Alfonso Prieto
AYER recibía cristiana sepultura un hombre ilustre y bueno. O bueno e ilustre, si les parece mejor: Don Alfonso Prieto y Prieto. Su trayectoria vital, en la que el componente de fe cristiana fue determinante, nos lleva a dedicarle este «pulso». Y lo hacemos con sumo gusto, a la vez que con el dolor en las pupilas, por haber perdido -en lenguaje pagano- a un hombre entrañable y con la mano larga del compadecimiento hacia su esposa y sus hijos. Desde la esperanza cristiana. Estos perfiles biográficos tienen como fuente de inspiración informes de primera mano, emanados de la familia del difunto. Don Alfonso nació en Morgovejo en 1924 y su vida se vio trenzada por varios hilos siempre complementarios: la vocación de docente universitario, la pertenencia a la Iglesia Católica, la vocación de escritor y la curiosidad por el mundo de la política. De Cistierna, donde sus padres fueron maestros, pasó a Madrid. Allí estudió en el Seminario de San Dámaso, que abandonó cuando cursaba primero de Teología en el curso 1944-45, habiendo sido propuesto por la diócesis para ir a Roma a estudiar Sagrada Escritura. En la Facultad de Derecho se licenció con Premio Extraordinario y otros reconocimientos. Se doctoró en la Complutense, también con Premio Extraordinario, y ejerció como abogado matrimonialista de 1950 a 1964. En 1955 contrae matrimonio con Montserrat Morera, con la que tiene cuatro hijos. Recién salido del Seminario ingresó en la Acción Católica, donde llegó a pertenecer al Consejo diocesano de Madrid. Fue Presidente Nacional de los Universitarios, Director del Semanario «Signo» de 1955 a 1957 y representante español en el Movimiento internacional de «Pax Romana». Más tarde fue miembro del Consejo de Hombres de Acción Católica y redactor de la revista «Ecclesia». Igualmente fue fundador de la revista «Espiritualidad seglar», junto a Enrique Pastor, Alfonso Albalá y E. Miret Magdalena. Como escritor ha publicado cerca de un centenar de títulos de muy variadas materias: espiritualidad («El signo paulino de nuestro tiempo»), derecho («Manual universitario de derecho canónico»), ensayo («Historias de España»), historia medieval («El Reino de León hace mil años más o menos»), narrativa («Cuentos de la Montaña leonesa») y poesía («Poema de la historia de León»), y ha colaborado, además de las citadas, en múltiples publicaciones de forma ocasional. Su curiosidad por la política comenzó en el ejercicio docente del Derecho Político en Oviedo y algunas de sus intervenciones escritas le proporcionaron experiencias no siempre agradables. Su intervención en el llamado «contubernio de Munich», al que fue invitado personalmente en su condición de católico, con la anuencia del Cardenal Plá y Deniel, le acarreó el confinamiento en la isla de la Gomera. En 1964 obtiene la cátedra de Derecho Canónico en Murcia, y después las de Oviedo, Barcelona, Valladolid y León. Fue Comisario de Protección Escolar en Oviedo, Decano en Oviedo, Valladolid y León, y Vicerrector y Rector en funciones en León. Su trayectoria universitaria tuvo una pequeña desviación en 1971, al responder positivamente a la petición de las autoridades leonesas que lo reclamaron para poner en marcha el Colegio Universitario de Derecho, uno de los pilares de la que había de ser, a partir de 1979, la Universidad leonesa. Dicha actividad la compatibilizó de forma gratuita con la dirección de la Escuela Universitaria de Trabajo Social, dependiente de la diócesis, cargo que le propuso D. Fernando Sebastián. También participó en otras actividades políticas, como fueron la fundación del Partido Demócrata Popular, de inspiración democristiana, y la condición de procurador en las Cortes de Castilla y León. Fue presidente algún tiempo de la Hermandad de Ex-seminaristas de León, así como de la Cofradía del Pendón de Baeza. Mons. Antonio Vilaplana le nombró director de Cáritas diocesana, cargo que desempeñó hasta hace pocos meses y que le supuso el abandono de toda dedicación política y docente. En Cáritas trabajó por la organización interna y dedicó especiales esfuerzos a la atención de los emigrantes. A instancias del señor obispo, don Julián López, la Santa Sede le ha concedido recientemente la medalla «Pro Ecclesia et Pontífice». Descanse en la paz de Dios un hombre que fue todo un ejemplo de coherencia de vida cristiana en todas las facetas, públicas y privadas, de su vida.