Rescate milagroso en Japón
Tras cuatro días bajo lodo y rocas por el terremoto que sacudió el país el sábado, un niño de dos años fue rescatado con vida en una espectacular operación seguida por televisión
Japón aún no puede recuperar la tranquilidad tras la cadena de terremotos que se iniciaron el sábado y que tiene atemorizado al noroeste del país. A la tragedia de 32 muertes contabilizadas hasta ahora, a los tres mil heridos, a los cien mil evacuados que esperan el momento de volver a comprobar qué queda de sus casas y al miedo a que los temblores no cesen aún, por fin ayer se pudo sumar una noticia feliz: En una espectacular operación de rescate, recuperaron con vida a un niño dos años que llevaba desde el pasado sábado sepultado por un alud de rocas y lodo. El primero de los seísmos sorprendió a su madre cuando circulaba en un vehículo con sus dos hijos, Yuta, el recién rescatado, de 2 años, y su hermana Mayu, de 3. La fuerza del temblor, de 6,8 en la escala Ritcher, provocó el derrumbe de la carretera que arrastró a la familia. Desde entonces, su padre, que el sábado estaba en Tokio, no paró de buscarlos entre los evacuados, en los hospitales, con la esperanza de que la comida y los pañales que llevaba en una mochila fuera lo único que necesitaran. Ayer, tras cuatro días de tensión, los equipos de rescate vieron en el fondo de un valle lo que parecía el capó de un coche. Rescate televisado Medio Japón siguió por televisión el dramático rescate en el que ha participado un equipo de treinta personas y un helicóptero. La tensión era máxima ya que la alta tecnología había avisado de que dentro del vehículo todavía había calor, es decir, aún había alguien con vida. Pero tras cuatro días casi sin aire, y posiblemente heridos, las esperanzas de salvarlos se enfriaban por instantes. Tras horas de metódico trabajo, con el peligro de que un nuevo desprendimiento acabara por aplastar o volver a enterrar el coche, los socorristas lograron abrir un paso entre las piedras para establecer un contacto con la familia atrapada. El pequeño Yuta apareció entre los restos como un trofeo. Consciente, con los ojos abiertos, fue pasando por los brazos de unos socorristas fornidos y emocionados. Después apareció su madre. Takako Minagawa, de 39 años, pero inmóvil. Los especialistas no han podido determinar si Takako ya estaba muerta antes de ser evacuada o se llegó sólo unos pocos minutos tarde. Algunas fuentes apuntaban ayer que fue rescatada aún viva y murió en el traslado. Incertidumbre Ahora la incertidumbre se mantiene ya que la caída de la noche no permitió seguir la búsqueda de la hermana de Yuta. Sin embargo, las esperanzas son pocas porque una vez que el niño salió del coche, el rastro de calor, de vida, se borró de los detectores de los bomberos. La alegría de ver moverse a Yuta ha sido sólo un alivio temporal en un país en el que ni siquiera los sismólogos saben cuándo van a terminar las réplicas de terremoto del sábado, el peor en los últimos nueve años. Desde hace cuatro días se han producido más de quinientas réplicas percepti-bles por el hombre. La última, ayer mismo, de magnitud de 6,1 grados en la escala de Richter, provocó escenas de pánico que fueron recogidas por las cámaras de televisión que cubren el drama de los refugiados nipones. Ya no saben donde acudir y sólo temen tener que seguir esperando y que sus corazones lo resistan. Caras y gritos de terror, llantos de nerviosismo, familias abrazadas, niños y ancianos recogidos en el suelo con las miradas en el vacío.