CORNADA DE LOBO
Matarile
SE ACERCA el Puente del Marrano, ya está encima la fiesta constitucional que por aquí se aprovecha para juntarse parientes y gentes vecinas a fin de darle matarile al gocho, chamuscarle, lijarle, estazarle, entriparle y... a curarle. Ya no hay tantas matanzas domésticas como antes, claro, pero aún huelen estos prólogos de invierno a cuelmo de centeno ardiendo o a soplete de butano, que es como se afeita hoy al cerdo apiolado. La paisanada vieja deserta de matanzas porque se lo decreta el ambulatorio o porque andan con fatiga en los cariños y desencuadernada la familia. En la dispersión de parientes no sólo hay distancias kilométricas; entre casa y casa hay muchas veces barranqueras o un camino que, por no andarse, se va llenando -lo dice un proverbio chino- de zarzas y ortigas. Recuerda aquella charla que mantuve con un paisanuco omañés en uno de esos pueblos de fin de valle, fondo de saco. Estaba yo escribiendo un librillo del sitio y pesquisando datos y señas. Le pregunté sobre tradiciones mantenidas -nada, todo se perdió-, de costumbres -no queda gente- o fiestas -ánde hemos llegao, si sólo hacen un bailongo los veraneantes de agosto-, y nada, el tipo era una torga de pesimismo y desolación. A todo lo que le preguntaba respondía con vacíos. En fin, buen hombre, pero la sagrada matanza al menos seguirán manteniéndola. El tipo me miró cínicamente con soslayo bajo boina y me espetó: ¿Matanza?... ¿Pa qué?... ¿Pa que vengan los hijos y te la coman?... Terrible. Pero al menos nos quedan los cocidos que tanto alegran los manteles, las sobremesas y los colesteroles. En el cocidamen artillero que por aquí es norma hay sustancias y sabores que, cuando golpean la bóveda del paladar, rompen el techo y por allí llueven recuerdos, sitios, gentes... Son esos cocidos que, imitando a la vida, no resulta uno igual a otro. Aun saliendo de misma mano, tienen días. Ese cocido es la sustanciosa humildad de la comida honrada que sólo es fiesta en la boca si antes se trabajó y después se quema doblando el lomo. Así lo recordamos el otro día en Casa León con Café Quijano, oficiando Goyo y la amistad. Gran cocido. Y en esta semana se hará lo propio en La Tercia con su Villamanín, Fontún y Busdongo convertidos en capitales matanceras. Los inviernos de aquí sólo se blindan con grasa, chicho y morcillamen.