Publicado por
AGUSTÍN JIMÉNEZ
León

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ESTAMOS en adviento, la temporada anual en que la liturgia espera a un salvador. El himno canta: «Et nubes pluant iustum» (Que las nubes lluevan al justo). Otro año más y el justo no ha llegado. Una cantante pop desarrolló la antífona eclesial a gusto de los zerolos: «It's raining men, hallelujah». En sus grandes solemnidades, los nostálgicos del transexo han adoptado el hit en otra muestra de cristianismo banalizado. «Están lloviendo hombres. Aleluya». Y tachín tachín. A todo esto, en la iglesia y en la calle, el justo sigue sin caer. A cambio, los malvados acuden en tropel por tierra, mar y aire, se apostan en nubes gordas preñadas de bombas. A Yushenko, que hacía el papel de bueno en la comedia de Ucrania, sayones de tendencia soviética le han sembrado de dioxina imborrable la cara, espejo del alma. Yushenko iba de guaperas de la nueva Europa y es ahora el último monstruo que cierra el año público. Un año de conjuras torvas a lo Fu Manchú en que maquinaciones supuestamente endebles, a lo bestseller de Ludlum, han acabado verificándose. Un montón de adolescentes que acababan de abrir la puerta, la han vuelto a cerrar y se defienden del desconsuelo con improperios morales y consignas machaconas. En ciudades excéntricas, hasta en Córdoba y Zaragoza, se elevan profetas del «hip hop» que rapean letanías inacabables. A los adolescentes les hemos negado toda referencia y ellos se agarran a rimas consonantes e ingenuas como se agarrarían las lapas a las piedras del vado. El rap perora casi en «cuaderna vía, que es mester de clerecía». Pero del justo ni hablar. En el gueto, Bush y Bin Laden, dos chulos ricos, antiguos socios comerciales, que sólo se diferencian en el nombre que aplican al Dios único, se han repartido el barrio y andan reventando a infelices como dos capos mafiosos. A la vista de estos dos ejemplos, concluimos que la religión es tan imprescindible como el dinero pero sigue sin demostrarse que la religión haga buena a la gente. Filósofos antiguos justificaban, pese a todo, la existencia de Dios por una nostalgia cordial de perfección y bondad. Es lo que llamaban el argumento ontológico. Traducido en sentimientos, el argumento equivale a este deseo que, como una chaqueta usada, renovamos por adviento.

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