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VICTORIANO CRÉMER
León

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DIJE: «SE ACABÓ» y guardé la escopeta de los tiros cruzados, que son los más sangrientos, y ante la estampa de san Cayetano, que no sé por que siempre me pareció un santo muy digno de devoción, juré no mover un dedo, ni golpear una tecla en este tiempo de la pascua que es para los cristianos como el Ramadan para los musulmanes de dentro y de fuera, que no esté inspirada y dirigida a proclamar la gran consigna: «Paz en la tierra para los hombres de buena y de mala voluntad». Hubo un tiempo en el cual está a disposición de entregar a misionar la paz entre todos los hombres, resultaba tan espontánea, que no necesitaba ni siquiera recordar que nos encontrábamos en el tiempo de los Villancicos y de la proclamación de los mejores deseos de felicidad para todos, absolutamente todos, fueran del PSOE, del PP, de la UPL o de Izquierda Unida, porque, me decía, que todos éramos seres humanos nacidos de madre y que el mundo, este mundo que estamos mal pariendo a trompicones y a bombazos necesita paz, como los nigerianos de la paz y que resulta herético que ante la enorme angustia del mundo en llamas, en lugar de recitar un villancico, como aquel de la Palmera, de Gerardo Diego, nos entreguemos al ejercicio de la gran discordia nacional, por si el alcalde no es un alcalde cualquiera, o por si el Emprente de todos los Estados desunidos del Universo mundo preparara el segundo acto de la tragedia burlesca y sangrienta que necesita el imperio para someter a una porción del mundo, (el Irán o Corea), que no parece estar dispuesta s a rendir pleitesía y jurar obediencia debida. Volverá a sonar el cañón y trepidarán los motores de los pájaros de la muerte, cuando aún no habrá tenido tiempo el mundo de enterrar a las víctimas de la guerra de la liberación del Irak y de Afganistán. Y yo digo que vayamos a volver como bobines de Cristo a los dulces villancicos en los que se anunciaba que los peces se bebían el agua del río y la Virgen lavaba pañales, porque todas esas metáforas estaban dictadas por el inmenso afán del hombre de vivir en paz y no decimos que en gracia porque el ser humano de nuestra historia no concede gracia a nada ni a nadie. Es como si cuando lo del tropiezo de Eva y la manzana y lo de Caín y Abel en vez de proclamar el suave castigo de tener que ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, dijera: «Mata bien, sin mirar a quien». No hace falta que se nos diga que no estamos para villancicos y que este medio de comunicación era más cursi que una piragua en el lago, pero ¡ay de mí! Peor es inscribirse en la sección de sucesos y contemplar como se extiende el hambre por el mundo. Suenan las músicas bien acordadas que los organismos oficiales guardan con alcanfor: «Ante el portal de Belén Los pastores se han dormido Esperando la llegada Del mejor de los nacidos...» Y dominándolo todo, se escucha el guirigay que forman los que matan y mueren persiguiendo sus provechos. ¡Joer, qué tropa!

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