EL AULLIDO
Gaspar Moisés Gómez
LA POESÍA mística, hoy, es aquella que valientemente se adentra en el misterio. Sí, me vino este pensamiento al terminar de leer por segunda vez «Y mañana tampoco», el último y mejor libro de un poeta erótico, místico, irreverente, mistérico... He aquí el retrato roto de Gaspar Moisés Gómez y de todos nosotros. He de reconocer que, desde que leo y conozco a ese triunfador inconfeso que es Antonio Gamoneda, me suele estremecer la voz de las postrimerías. Por eso la voz de este otro poeta fracasado por elección propia, de este apartado de todo excepto de su propia alma, me sigue conmoviendo también ya que a él debo la certeza de que, en medio de la galería de vanidades que es el mercado literario, no se trata de intentar triunfar sino de intentar ser uno mismo, y de intentar ser feliz: «no ser nada y por tanto/ que no tengan mérito nuestros sacrificios». La suya es una voz fluida como el tiempo de los verdaderamente vivos, como la belleza de las rosas que habitan sus poemas, y al escucharla o leerla hasta parece fácil convertir musicalmente la vivencia en experiencia, y la experiencia en conciencia, y la conciencia en imaginación, y la imaginación en metáfora, y la metáfora en nervio de poema. En las páginas de este libro el autor nos deja ya en herencia, parece, alguna última anécdota emocional, invocaciones nihilistas, el lúcido paisajismo de quien suele dialogar con las estrellas, y sobre todo esas preocupaciones religiosas, serenas y panteístas propias de los inmortales: «Pues aunque no hay duda de que existe Dios, / no estaremos plenamente seguros/ si no salimos antes de su infierno». Sí, éste es el libro de poemas que no supo escribir don Miguel de Unamuno. Gaspar Moisés Gómez, con su cara poco académica como de fraile cínico, voz atrabiliaria, calma, modos cortesanos, pelo blanco imperfecto peinado así, hacia atrás -hacia el pasado- parece una excepción en medio de tanta importancia. Publica esporádica y teológicamente cosas mínimas, casi irreconocibles pero imprescindibles, y así nos enseña sin decirlo que la alta poesía no suele estar en las Academias ni en las listas de ventas. Es otra cosa la jerarquía del espíritu. Dentro de la nómina de los poetas que nunca fueron mendigos ni quisieron comenzar por el final, entre los que atesoran su normalidad inteligente con vocación de absoluto y su preferencia por las braguitas rojas figura el nombre poco pronunciado de este poeta, de este quijote vestido de paisano, de esta eterna nota a pie de página. Ahora leo su libro sabiendo que el «editor» del mismo no es consciente de lo que ha publicado, y el autor como si nada, y la mayoría de la crítica, como la lluvia, llueve indiferente a este pequeño gran mundo lleno de homenajes, sueños, y que encierra además una propuesta vital: «que sea feliz llorando/ hasta oxidar el propio candado de mi cárcel». Cada vez estoy más convencido de que los libros orillados, ahora que nuestro mundo elitista se nos está yendo de las manos, atesoran lo poco que sabemos de nosotros, lo poco que merecerá la pena recordar. Por eso leer a poetas como éste se parece a ponerse unas gafas de sol para mirar al futuro, sí. Entre los dulcemente fracasados, los que jamás persiguieron el éxito, los que no se vendieron ni torcieron, entre la gente normal que va ampliando el concepto de normalidad, y el concepto de orden, y el de bien, se cuenta este poeta visionario como todo vendedor de bombillas. Su último libro tiene algo de testamento, claro, igual que todo lo que de verdad importa, y lo mejor que ahora se puede decir de él es que pasará desapercibido para casi todo el mundo. Pero no para ti.