CRÉMER CONTRA CRÉMER
La fumata blanca
CUANDO EL ESTADO VATICANO está de elecciones se ponen de rodillas todas las naciones. Todas. Incluso las que ni lo son ni lo parecen. Y es que, dígase lo que se quiera y lo que se pueda, el suceso más importante de la historia moderna, no es el descubrimiento de América, ni la inauguración del Musac, sino el relevo de la guardia celestial que tuvo su sede y cuartel general en Roma, la ciudad más disoluta del universo mundo, según los más sensibles sociólogos del mismo universo mundo. Cuando los romanos de Galba llegaron a León, concretamente, los íberos se echaron al monte creyendo que la invasión de los manípulos itálicos representaban el fin del mundo. Luego, se comprobó que no, que todavía le quedaba al mundo cuerda para muchos siglos más, hasta la llegada del nuevo emperador universal, señor Bush. Puede asegurarse, dados los tiempos que hemos seguido paso a paso, que acabamos de pasar por momentos y fechas históricas, las de la señal más trascendente que registran los anales: las elecciones para elegir el nuevo Padre Santo, que fuera digno de ocupar el trono de San Pedro y de San Juan Pablo el Segundo, que en gloria esté. Y esto ha sido tan importante, tan grave, serio y esencial que ningún otro acontecimiento, como el resultado de la Liga por ejemplo, fue motivo suficiente para distraer la atención universal hacia este evento del que depende, aunque existan escépticos que no lo crean, el futuro universal. Desde el día 18, según mis corresponsales en la Ciudad Eterna, hasta que el Espíritu Santo lo decidió, se reunió una porrada de cardenales, menores de ochenta años, pero ya frisando la edad permitida por el concilio, pera elegir a aquel que habría de dirigir los destinos espirituales y un poco también los materiales hasta que Dios quiera. Y automáticamente, lo mismo que todos los sábados la mayor parte del personal activo, cumple con su obligación de cubrir las correspondientes quinielas deportivas, los muy ilustres y beneméritos señores del capelo, estaban obligados a seleccionar de entre todos los candidatos aquel que había de ser señalado por el dedo del Espíritu Santo. Había donde elegir y existían en la terna cardenales para todos los gustos, desde miembros del Opus Dei hasta Soldados de la Cristiandad del loyolismo. Y negros y orientales incoloros y bregados luchadores por la salvación de las almas en las Américas, hasta chicos de todo a cien. Y el pueblo fiel, o sea usted y yo y el vecino, se dispuso a implicarse en este juego haciendo la quiniela obligada. ¿Votaremos al cardenal alemán? Se preguntaban los miembros de la curia vaticana y romana. Y se producían las inevitables dudas y comparaciones que, si nunca son odiosas, en este caso mucho menos. Y se apostaba descaradamente por un cardenal suramericano que tenía antecedentes desde aquello tan alentador de la Doctrina de la redención de los pobres. ¿Quién será, será? Confieso que estuve preocupado entonces. Y que durante todo aquel tiempo, así que me levantaba, con la del alba, preguntaba contínuamente: «¿Se sabe algo?» Y nadie me contestaba, porque quizá, como nadie nos había preguntado ni nos había dado vela en tal entierro... Bueno, lo del entierro es un decir, pero muchos de los candidatos que se presentaban a la elección, así que se lanzó al cielo la fumata blanca y supieron que el Espíritu Santo no se había acordado de ellos, quedaron muertos por dentro.