Publicado por
Antonio Núñez
León

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ENTRE otras polémicas de menor cuantía, como quién va a invertir más en León o crear más empleos, cosas ambas que están por ver como mínimo hasta el año que viene porque todos los años pasa lo mismo, la reciente visita del presidente Zapatero al Bierzo ha estado a punto de desatar una crisis institucional entre Madrid y la Junta: se trataba de decidir si en el polígono industrial de Cubillos de Sil la foto le tocaba a Zapatero o al titular de la Junta, Juan Vicente Herrera. La verdad es que en el polígono, como está sin acabar, no hay todavía ninguna empresa, pero eso es lo que menos importaba. En tal percance los políticos me recuerdan siempre a mi suegra, que nunca pone la mesa sin el mantel de lino y luego no hay más que tortilla de patata para cenar. En la familia transcurren noches enteras en las que acabamos hasta donde se baten las yemas, algunos rompemos el protocolo y a menudo se va a la cama en ayunas después de tanta pamplina. Con las fotos oficiales viene a pasar lo mismo que la mesa de mi madre política: mucho paripé, mantel, el mando de la televisión y al final te ponen un pincho de tortilla. Decía Herrera, el de la Junta, estar hasta los mismísimos de donde se saca la materia prima para la tortilla, de que le quisieran ningunear en Cubillos porque el polígono lo pagaba la empresa autonómica Gesturcal, como queriendo decir que ponía la pasta gansa él en persona. Hombre, ya será menos, porque el dinero viene a salir de los impuestos de todos, que salen, según mi asesor fiscal, más o menos a un huevo y la yema del otro, pero a nosotros. Y argumenta Zapatero que un presidente de Gobierno leonés no merecía quedar con lo otro al aire en visita oficial, aunque en su pueblo se le conozcan ya todas las posturas. El Gobierno no había puesto un duro en el polígono de Cubillos y el presidente de su bolsillo menos, lo mismo que Herrera, pero era, como en casa de la suegra, una cuestión de rango, ringorrango protocolo y rendez vous . Lo lógico en este tipo de conflictos hubiera sido que el alcalde del pueblo recibiera a ambos en el Ayuntamiento -y no que le recibieran a él- más que nada porque no deja de ser el anfitrión. Se le han metido, sin embargo, en casa sin ni siquiera llamar a la puerta con el clásico «¿se puede?», al que los que tenemos buena educación, aunque no entendamos de protocolo, solíamos constestar con otro «hasta la cocina». Luego se saca el jamón encima de un mantel de plexiglás de toda confianza y sin mayores miramientos que a la tajada. Si hay suerte y los forasteros traen regalos -una industria aquí, un chollo para el yerno, la prejubilación de un cuñado y demás- a veces hasta se les regala un chorizo, bien en corra o bien en terrenos comunales. Es de temer, sin embargo, que el alcalde de Cubillos, cuyo nombre no viene al caso, más que nada porque ha pasado totalmente desapercibido, se haya quedado con la mosca detrás de la oreja tras la visita de Zapatero y Herrera, y la boina llena de polvo entre las manos por el rotor del helicóptero. En cuanto al jamón, que lo cuide. Porque esa es otra. Zapatero y Herrera solventaron la crisis con una llamada telefónica poniéndose de acuerdo los dos en subir al mismo helicóptero y bajar luego aparejados en la foto del periódico, que era de lo que se trataba. Luego soltaron cada uno su propio discurso en el transcurso del evento o lo que fuera, se hicieron el retrato a dúo y ninguno se salió del cuadro. O sea, para enmarcar. Hay que ver lo poco que cuesta poner de acuerdo a las administraciones públicas, máxime cuando posan de buen talante y se posan en helicóptero. Fue lo que comentó el fotógrafo en el helipuerto homologado para la ocasión: «¿has visto cómo caben todos en el objetivo?». Y al asentir que sí contestó con recochineo profesional «me refiero al objetivo político, que pareces bobo, no al de mi máquina canon , que garantiza el parecido y no como tú». Basta con un retrato para la posteridad, que, en el caso de Cubillos no dura más allá del día siguiente. Y, si no, haga la prueba el lector: van cinco duros a que nadie se acuerda de la foto de ayer, salvo cuando sale la Pantoja y eso en las peluquerías. Luego me dijo el piloto, que, como un servidor, tampoco tenía credenciales para los canapés de la preinaguración prematura del embrión de polígono: «oiga, desde el helicóptero no se ve nada ahí abajo, así que ya me dirá usted quién paga la merienda campestre». «Imagino que a medias entre Zapatero y Herrera», dije yo ingenuamente. Encendió el rotor, se limitó a calentar motores para cuando llegaran los señoritos y luego sentenció: «como la gasolina, no te jode». Al final se perdieron todos de vista en el horizonte. Gracias a Dios.

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