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EGUNÓN, Kepa, qué tal, qué pasa contigo, tronco, o sea, tronko. Gracias por acudir a la cita. Te pregunto. Pero ahorra ese gesto de recelo y soberbia que te pone cara de congrio. No cabe que Pedro, el viejo Petrus que nos llegó a todos de lejos, se haya trasvestido en euskera, no adaptado. Ni oído con oreja de madera y repetido con lengua de esparto se entiende. De Pedro a Kepa no es que haya un abismo; no hay nada, salvo atravesamiento. Del Petrus al Pedro hay también lengua de trapo, pero mucha lógica y etimología de palabra rodada por el pueblo, lo mismo que en Peter, Pierre o Piotr. Pero ¿por qué Kepa?, ¿para que quepa lo opuesto?, pues resulta que en euskera lo común es que Pedro sea Peio o Pello, que recuerda al original, aunque vagueando y apocando. Pero si a un Kepa le llamas Peio, hay taco; y te exige sólo el Kepa, que pa cojones, los de Amurrio y patravesaos, los de Durango, áivalaostia. Me cuenta esto Epi, que tiene vividos a los vascos unos cuantos años. Para un Kepa, los Peio o Pello llevan señalada en la frente la sílaba de la bestia, su origen de lengua conquistadora y fascista. ¿Tú eres Pedro? Pues yo también, pero lo llamo Kepa. ¿Por? Porque tengo una fuente que mana justamente de mis cojones. ¿De dónde sacaste ese nombre que parece hipo? De donde me cabe. ¿Y qué te cabe? Toda una nación para tapar un complejo y exaltar la raza. El Kepa es encastillamiento aberchale de boina a rosca, pero hay allí más Peios que Kepas. ¿Y los pedros?, ¿llevan signado en el nombre la impureza de su sangre?... Sostenía Sabino Arana que en modo alguno debía enseñarse euskera a los maketos emigrantes. La lengua es propiedad de la tribu. Y hay lenguas que nacen para que no las entienda nadie más, lenguas como jerga teñida de secretismo para tramar a la espalda. Me ocurrió algo parecido en Gerona. La mili me llevó allí. Éramos bultos. Desconocía la tierra, pero la admiraba de antes por lo que tiene y le sobra. No me costó hacer amistades. Un día sugerí a un colega catalán que me enseñara su lengua. Me obligo a entenderos mientras sea huésped aquí, le dije. ¿Y para qué coños quieres tú aprender catalán?, replicó. Enmudecí y no supe contestar que era para mandarle a la mierda en dos idiomas: en catalán, para que la buscara en casa, y en castellano por si no lo entendía.

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