Raza cruel
LA SEÑORA madre de Bridget Jones se pasa media película exclamando «chinos...¡raza cruel!». En la misma obsesión insistía esta columna ayer con un «jodíos chinos» que absolutamente nadie recriminó, siendo término insolente e insultante, racismo destilado. Si hubiera tenido que titular «jodíos negros», me lo habría pensado diez veces. Y decir «jodíos moros» ni se cruza por la imaginación de este ingenio cagalero con que menospreciamos al débil, porque el moro lunático te pone un catapún en el sillín y te pasas media eternidad dando vueltas en bici por las nubes, así que te metes la lengua en el culo y te cagas en los chinos para que el personal de acera te aplauda hasta con las orejas, sumándose a la alharaca los tenderos con consigna en la boca y un blusón en el cerebro. Endosas al chino toda ralea y suerte de leyenda urbana, y cuela, desde el origen sospechoso de sus carnes de restaurante hasta la estructura jerárquica y mafiosa de sus colectivos de sótano fabril, sus enterramientos inexistentes, su reclusión en células de afán y negocio, su inter nos maquinador, esa sagaz mirada de espía que siempre observa. Cuelan juntas la apariencia y la patraña teniéndose por veracidad incontestable porque los chinos aguantan como chinos... ¡raza cruel!, insiste la señora Jones. Esos chinos de emigración, legítimos buscadores de pan en su mayoría, exiliados de su tierra por el hambre o la apretura, son los hijos menguados de una cultura milenaria y refinadísima (incluso para la tortura, tan sutil como la pura porcelana que allí se inventó), perdedores de su gloria, uniformados y castrados bajo el dictado de imperios absolutos o partidos únicos... esos chinos tienen todas las caras del hombre, aunque les pongamos sólo una. Admira su espartana vida, su aplicación a lo suyo. Ya, pero el chino viene aquí a pillar solamente, a atropar, a engordar su faltriquera, me dice aquí uno, y no tienen intención alguna de integrarse en nuestra cultura. Y otro que escucha le responde, ¿y con qué intenciones de integración y a qué carambas fueron a Suiza Román Flórez o a Francia Gelín el de Tarsicio?... ¿Se integró en la cultura alemana el manolo español que se tiró en Frankfurt veinte años sin enterarse de nada y hoy recibe su pensión alemana en Saludes de Castroponce o en Cuéllar?