CORNADA DE LOBO
Jarra y sedal (II)
PERO POR QUÉ vuelves siempre al mismo sitio si no pescas absolutamente nada, me dicen algunos al verme insistir con terquedad en mis tablas carriceras y azadonas del Órbigo donde las truchas han debido constituirse en comité sindical, pues jamás las encuentras en su puesto habitual. Pues vuelvo una y otra vez por ver, por confirmar y porque no me engañen después. Voy anotando los mordiscos que insistentemente le siguen dando a ese paisaje fluvial que uno ha ido considerando como algo propio por haberle puesto el pie durante décadas, por quererle desde el enamoramiento y porque me hechizó (uno entonces se acuerda de aquella pregunta capciosa, «¿cual es la diferencia entre una hechicera y una bruja?»; y se contesta, «pues veinte años de matrimonio»; casarse con un río cazurro puede llevarte a estas mismas conclusiones). Yo al río voy «a por atún y a ver al duque», esto es, a por gozo y a por unas pintonas en la cesta. Un tiene que volver a casa con un justo premio; y justo es dos pares. Entiendo este deporte con su recompensa, pero celebro especialmente a quienes disfrutan pescando sin muerte, cosa que ya hacía a principios de los setenta un becacier de Burdeos amigo de don Avelino, el médico, avergonzándonos con su deportividad y asombrándonos con el látigo, pues trababa pencos de longitud y escandalera; y con mimo y antibiótico para curar el anzuelazo, devolvía al río las capturas. Qué paisano. En toda la temporada pasada pesqué en total truchas trece (mal número si no crece). Mi inutilidad o la escasez habrían aconsejado no haberlas metido a la cesta, pero confieso que no puedo hacerlo por haber mamado los débitos de quien vuelve a casa con unas truchas, es decir, las primeras para la madre; las segundas, para la abuela; las terceras, para el médico que te curó las paratíficas; y las que resten, para una merendilla de amigos y cuatro más que siempre adeudo a Guillerma y Álvaro. No pido ni necesito más. Pero por no haber pescado nada esta temporada, engorda la deuda con mis cariños. No sé si iré a pescar lo que resta de desvede. Cansé. Uno se convenció ya de que la pesca seguirá siendo deporte, pero en el bar del pueblo y no en el río, capturando amistad con jarra y con sedal de envite, o sea, con un mus perreado, pescando pardillos.