Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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UNA DE LAS TRAMPAS que uno mismo levanta para justificar perezas o ignorancias, es la de remitir al verano la obligación cultural que el ser humano asume de acogerse a la tutela materna de leer un libro siquiera. No un libro cualquiera, ni por supuesto El Quijote, que es lectura para ser practicada con tiempo, singularmente cuando para su lectura, si no ese libro, del cual hemos escuchado elogios y muy serias invitaciones para su contacto. Y efectivamente, a la hora de hacer las maletas, que es tarea para la cual se requieren especiales conocimientos de geometría, colocamos el libro o los libros que programáticamente suelen servir para hacer de nuestra vacación estival un motivo de rehabilitación intelectual. Durante trescientos días y otras tantas noches hemos utilizado el tiempo, nuestro tiempo libro en lo que se da en llamar obligaciones sociales y lo hemos usado de manera tan anárquica que el final del impasible calendario nos hemos dado cuenta de que no nos ha sido posible disponer de un tiempo para la lectura de aquel libro que llegó a nosotros especialmente recomendado. Y con un gesto de penitentes arrepentidos nos comprometemos a cumplir este deber de conciencia así que llegue el verano y con él la ocasión para la lectura. Este propósito de enmienda nos dura exactamente hasta que llegamos al lugar de nuestro destino estival, la playa solemne o la residencia rural, tan plagada de sugestiones líricas. Disponemos nuestro equipaje de acuerdo con las necesidades que pretendemos saciar: el mar, el monte, la alameda y, naturalmente, el libro. Rescatamos afortunadamente tiempo y ocio. Al fin podemos ejercitar aquellos juegos o descansos que la vida urbana no nos permitió, convertidos como estábamos en piezas nada importantes por cierto pero necesarias para que la máquina de la civilización occidental y cristiana funcionara de acuerdo con los planes previstos por quienes tienen poder para ello. Ya, como hombres libres, podemos hacer lo que nos plazca y por supuesto lo mejor para nuestro saber y entender: por ejemplo el comercio intelectual con el libro. Y con el ceremonial de quien mueve una pieza fundamental del propio organigrama colocamos el libro rescatado en un lugar preferente del decorado, allí donde destaque y nos obligue. Y trazamos el guión del tiempo de que disponemos y de las exigencias de la nueva situación: Disfrutamos del mar y de los peces, de las arenas doradas y de las muchachas en flor, del buen yantar y si se tercia del mejor amor que la providencia disponga para nosotros. Todo muy oportuno y obligado pero ¿y el libro? ¿cuándo abriremos sus páginas y recorreremos sus rutas y estableceremos contacto con sus personajes tan henchidos de historia? Dejaremos para mañana el encuentro, porque el libro nos aguardará, siempre pacífico y paciente, a la espera de que nuestras obligaciones -el mar, la amistad flotante, el dulce entendimiento con aquella bella desconocida- nos permitan la conquista de ese tiempo glorioso, confortados con la alta relación con el Libro. «¡Mi reino por un libro! Que pudo haber dicho el rey del mar. Y transcurren los días que nos fueron dados con el libro olvidado en el ángulo oscuro de la memoria. Y al llegar el momento de recoger el equipaje para volver a nuestros cuarteles de invierno, repasamos el título del libro recomendado y que resultó motivo principal de nuestros quebrantos: - «Harry Potter». - Hombre, tampoco es eso.

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