CRÉMER CONTRA CRÉMER
El beso de Judas
ANDABA YO de lecturas de verano, que suelen ser aliviadoras de pesares, cuando di con un texto sin duda seleccionado de un periódico por algún veraneante descuidado. Se titulaba «Cultura y beso» y se debía al talento del gran maestro de la literatura de urgencia, Eduardo Haro Tecglen. Y como da la afortunada circunstancia de que para mis preferencias, este escritor es de los pocos que mueven fundamentos y no frivolidades, me entregué al placer de su lectura, quizá pensando que el autor del comentario trataría de uno de los sucesos carpetovetónicos más alucinantes de cuantos suelen componer el índice general de las páginas negras de la historia española. Sucedió en uno de esos pueblos peninsulares que necesitan un crimen para obtener el deshonor de aparecer en las páginas de los órganos de opinión reservados por lo general, para registrar las vaciedades e insensateces con que los llamados hombres públicos y no digamos las mujeres, no menos públicas, cubren con declaraciones y ordenaciones el disparatero nacional. Sucedió, digo, en Puertollano, en la bella geografía humana de Ciudad Real. Y los protagonistas, un marido de 28 años y su esposa de 25, que al cabo de cierto tiempo de amor correspondido, aunque complicado, decidieron romper el vínculo y buscarse la felicidad en lugar y circunstancias más propicias. No obstante, el varón iracundo, no aceptó de buen grado la renuncia de la esposa y al cabo de una dolorosa época de furores y maltratos de bestia dominante, comenzó el acoso, al informarse de que la esposa, su mujer, intentaba rehacer su vida lejos de su mala sombra. Se ignora cuáles pudieron ser las habilidades de que pudo valerse el rechazado legalmente para conseguir que la víctima le concediese, como último favor una entrevista. Acudió a la cita, pensando y desando que de ella consiguiera alcanzar la paz. Cuando se encontraron el falaz traidorzuelo y la mujer ilusionada, se acercó el miserable y con ojos de buey vino a suplicarle que le concediera ese beso de despedida que no se les niega ni a los condenados a muerte. ¡Y mira que se lo advirtieron familiares y vecinos!: «No te fíes de ese que es un cabrón». Pero bien dice el refrán que de hombre traidor y lobo receloso, ni un pelo. Pero aquí se jugaba su futuro y la mujer cedió. Con paso de lobo se la acercó a la muchacha hablándole con acento sumiso de enamorado y cuando ya las distancias se habían aproximado, el galán bilioso sacó del bolsillo un frasco, que no se sabe por qué cegueras del amor perdido, la mujer pensó que se trataba de un perfume, como regalo de despedida. Y fue entonces cuando escuchó la voz tenebrosa del hombre: «Si no eres para mí, no serás para nadie!», derramando sobre ella un líquido inflamable. En la ciudad de grandes quemados a donde fue conducida la infeliz le apreciaron quemaduras en el 61 por 100 de su cuerpo, siendo su estado crítico, mientras el engañador se supone que sería inmediatamente detenido y puesto en el lugar carcelario que le corresponde. Porque hay besos que matan y canallas que besan para matar. El maestro Haro Tecglen escribe como estrambote de este nuevo abominable suceso: «Los besos en el viejo cine no eran como los de ahora» En este tiempo nuestro de los ombligos redondos y de los besos atornillados a la vista del público, los viejos besos del cine eran delicadas demostraciones de aquel amor bien entendido que duraba lo que tenía que durar, pero en el que rara vez se daba el bestia inhumano que besaba para matar.