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VICTORIANO CRÉMER
León

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ENTRE LA PERTINAZ SEQUÍA, los barbarismos orientales con guerras de auténticos cafres y la madre naturaleza, nos están poniendo el ejercicio de vivir más caro que contratar centrocampista para el Madrid. Y en vista de que la Hacienda pública, pese a los cepos que pone en el camino del peregrino, no consigue nivelar sus presupuestos, está sometiendo a estudio un plan que permita a la sanidad seguir prestando sus valiosos servicios, no solamente a los oriundos, a los indígenas que diríamos, sino también a los tanzanios, a los nigerianos, a los africanos de todo color y a los americanos sureños que no acaban de conseguir comer caliente un día o dos a la semana, sino a todo el globo terráqueo. De tal forma la generosidad de nuestros gobernantes es acogedora hasta la superación del estado de pobreza que nos amenaza a todos, que ha decidido solucionar el peligro imponiendo un cierto aumento en tasas tan emblemáticas como el tabaco y la electricidad. O sea, que a causa de esta tendencia misericordiosa de los españoles, de lo que nos sentimos naturalmente orgullosos, definitivamente dejaremos de fumar y suprimiremos de nuestro ejercicio cultural la lectura y el seguimiento de la zorrupio de turno que ha cambiado de compañero de cama. La noticia, todavía no bien amasada, porque posiblemente el arco contributivo se amplíe antes de que el Gobierno se reúna para lo del Estatuto de Cataluña, ha cogido a los contribuyentes, todavía con sabor a marisco, y necesitarán algunos días o semanas para darse cuenta de lo que se les echa encima, esta vez sí que sin comerlo ni beberlo: España, desde sus más entrañables fundamentos es un pueblo religioso, misericordioso y amigo de la caza con perro. Pero, dígase lo que se quiera es un país pobre, y esto hace o debiera hacer pensar a los estadistas que una cosa es predicar y otra dar trigo y que lo importante no es la Guardia Civil para evitar las invasiones del hambre, sino pelear contra el hambre y aquellas prácticas que le provocan. Y con todo el dolor que puede producirnos contemplar la miseria ajena, hemos de convenir en que no disponemos de los medios suficientes para acoger a todos los pobres del mundo, sin antes acometer la tarea inmediata de intentar saciar las hambres propias. Cuando se lamenten hipócritamente de la extensión de la delincuencia en España y de la existencia de tremendas pandillas internacionales que roban y matan en nuestro territorio, no queremos darnos cuenta de que esto no es sino consecuencia de la enorme necesidad que invade aquellos mundos que nosotros ¡ay! descubrimos y explotamos hasta dejarlos imposibles para nadie. Y ya puestos a imponer tasas que aminoren nuestros déficits, ¿por qué no se imponen éstas a aquellos que con artes no siempre lícitas consiguieron sobrepasar la barrera de la riqueza? ¿Por qué no imponer los aumentos que se anuncian a quienes están convirtiendo España en una finca para la explotación general? Todos estamos obligados a colaborar en la preocupación natural por el mantenimiento de la sanidad en su glorioso estado actual, la única y verdadera conquista de la pobreza frente al egoísmo tradicional de una sociedad de señoritos insaciables; sí, todos estamos obligados a mantenerla en pie y firme, pero unos más que otros. Y al gobierno, sea éste del signo que fuere, le compete el grave compromiso de sostenella y no enmendalla, cercenando demasías pero sin quebranto de los que no tienen donde morir.

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