Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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EL NACIONALISMO es imperialista; es su forma de estar en el mundo. El nacionalismo tiende a la manipulación sentimental, y yo no le veo muy amigo del humor o de la ironía. En eso se parece a las religiones. El nacionalismo suele amar la melancolía y a veces bebe de buen grado una falacia viscosa que se cocina en los garitos de la etnia y en los mentales onanismos. Se convierte, entonces, en un asunto muy lóbrego. Últimamente los nacionalistas gallegos, aunque mermados en votos, andan muy contentos por tocar poder y por tocar ensoñaciones. Una de ellas, no la más intrépida, consiste en reivindicar el Bierzo como «terra nosa» (suya), y con el Bierzo, en el mismo lote, van las tierras astures a occidente del río Navia y también unos pueblecitos serranos de Zamora, donde se habla gallego: Padornelo y así. Estas noticias geopolíticas han llegado al Bierzo envueltas en pasiones galaicas y absoluto desinterés por la parte de León. Pero bien sabemos que las cosas no han de terminar aquí. Ni ahora. Ni así. Ni nunca. Los nacionalistas tienen eso: nunca terminan, nunca están contentos; nunca tienen bastante; nunca su gozo los llena; nunca, nunca, nunca. Lejos de mí, empero, desprestigiar a los nacionalistas. Todo lo contrario. Respeto su lucha, que no comparto. Y reconozco su tarea histórica, noble y necesaria, por defender las culturas de expresión no castellana de España. Sin ellos, se habría acelerado un genocidio lingüístico. Ahora bien, por mi parte, me desvinculo de todo nacionalismo porque lo he conocido. Bajo Franco, siendo niño. Lamentable historia de bulos y llantos. Diré qué día fui infectado por ese virus separador. Yo tenía siete años, fue pronto. Iba a clase, con una maestra ejemplar que todavía vive según creo, una maestra intemporal del barrio de la Puebla de Ponferrada, doña Lucrecia. Pues bien, allí, un día, doña Lucrecia, nos tuvo que leer la lección de la guerra de la Independencia. Y sucedió que al salir de clase, nosotros, niños buenos e internacionales que ya leíamos los cuentos de la mexicana editorial Novaro, avanzamos, incendiaditos, gritando por la que entonces se llamaba avenida del capitán Losada: ¡Arriba España, abajo Francia...! Nos estaban aplicando la misma medicina letal que supuran desde hace casi treinta años las aulas de la secesión en Euskadi y otras tierras. Padecí, pues, esa torpeza, no podía defenderme, era niño. Pero me defiendo ahora. Y defiendo la idea de España, que ya no es, por fortuna, aquella infamia de Franco. Aquel país tan injusto y reprimido. Defiendo la idea de España porque no es posible ya, por suerte, hablar de un nacionalismo español. No existe. Es una mezcolanza de gallegos, leoneses, madrileños, vascos, aragoneses, andaluces, castellanos, catalanes, murcianos, melillenses, valencianos.. etc. Porque casi nadie se cree lo de la identidad española. Porque España es un país de 45 millones de habitantes, bendecido por 5 millones de trabajadores extranjeros (a los que tanto debemos, en todos los órdenes). Porque España es un país libre, modestamente creador, muy convivente y diverso. Y merece la pena que continúe el proyecto, aunque no se escapa a nadie que cada vez seremos más europeos y menos españoles. Y mejor así. De modo que tranquilícense los gallegos invasores. Nada tienen que hacer aquende O Cebreiro. En una pequeña parte del Bierzo, es cierto, se habla gallego, y a orgullo lo tenemos los bercianos; y en el Bierzo, sin duda, no hay tierra más afín que Galicia ni, tal vez, ciudad más querida que A Coruña. Pero en el Bierzo somos leoneses. Desde hace cosa de mil doscientos años, que no es poco. ¿Verdad?

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