CRÉMER CONTRA CRÉMER
Los muertos de las américas
ESTA VEZ TAMBIÉN la naturaleza, que nunca se sabe quien la mueve, han descargado sus furias sobre las tristes, desamparadas y míseras tierras de las américas profundas, herencia dolorosa de la ocupación de españoles que, como sucede ahora con los aborígenes de estas tierras maltratadas, han emprendido la aventura desventurada de la emigración. Somos, pues, por nuestra propia condición y naturaleza, gentes para el victimismo, provocado por las catástrofes: si llueve torrencialmente, se sublevan los fondos de los montes y de los ríos, y si el agua del cielo se les niega, la tierra se endurece y en ella solamente viven los impasibles escarabajos negros. San Salvador, Nicaragua, Ecuador, Uruguay, Chile, Argentina y muchos otros pueblos de nuestra sangre y de nuestro genio, están siendo sometidos a la más tremenda prueba. Las tierras de sus montañas se derraman sobre los pueblecitos acunados en la comba de la pradera, allí donde el indio puede montar su choza, plantar un árbol y sembrar la dura simiente del pan que le servirá como alimento. Hablan los doctos en terremotos naturales, de corrimientos de tierras y de lluvias infernales. Las ciudades del barro se funden en el barro que baja de las montañas con rabiosa violencia. Y los seres humanos, acaban sepultados bajo inmensidades geográficas desprendidas. Esta es la situación de la España profunda, el forro esclavizado de la negritud, de los espaldas mojadas, de los desesperados. Como en Europa, como en la India, como en el Pakistán. El mundo, ahora sí que parece dejado de la mano de los dioses, de todos los dioses, de todos los sacerdotes, brujos y gurús de los más intrincados entresijos del Universo infinito. Centenares, miles, millones de seres humanos, absolutamente indefensos ante los furores naturales, acaban enterrados en sus propios lodos. Es la muerte más miserable que cabe deparar a un pueblo. Guatemala, Bolivia, Perú, son nombres inscritos en la Hoja de Ruta de la España eterna. Y se nos encoge el alma cuando asistimos a esta peripecia bíblica: allí están, ya no se sabe donde están, los muertos. Los que han sido sorprendidos por la hecatombe y no han tenido tiempo ni para encomendarse a Dios. Dicen los cronistas que los supervivientes, empapados en sus propias lágrimas rezan y rezan y rezan y rezan, a todos los dioses, porque aseguran que, según los designios de esta providencia asesina, los muertos, los sepultados no podrán tener descanso ya ni en la vida ni en la muerte. ¿Qué será de estos enterrados furiosamente bajo el lodo? ¿A dónde acabarán sus restos encomendados al dios misericordioso de cada lugar? Y en esta hora nuestra, ya con la encomienda de los fieles difuntos en nuestra memoria y en nuestras oraciones, nos dicen que estos supervivientes de las américas hispanas lloran sí por la desaparición alevosa de sus seres queridos, pero no tanto como porque al morir de la manera que han muerto, no tendrán derecho al descanso eterno. Y además la guerra, las guerras por la conquista del mundo. ¿Para qué, para quién? «La guerra pasa llorando con un millón de ratas/ grisas. Y yo por los aleros. ¡Qué serafín de llamas/ busco y soy! (García Lorca).