CRÉMER CONTRA CRÉMER
La gripe galáctica
LA CONOCIDA POR EL YA FAMOSO NOMBRE de gripe aviar, se extiende por el universo mundo y al parecer no hay quien la detenga. Si las ciencias, que tanto adelantan para alcanzar la luna, no se adelantan para alcanzar la luna, no se adelantan, el mundo, incluso el de las américas imperiales, con sus acorazados y sus aviones inteligentes y sus bombas nucleares, serán hundidas en la nada, así que la gripe de los pollos invaden una cuarta parte del territorio. En la España temerosa, así que se anunció la presencia de la dolencia, enfermedad, pandemia o lo que sea de la gripe aviar, corrimos a la Seguridad Social de cada lugar en demanda de un antiviral o sea de una vacuna que nos blinde contra el enemigo. Así que obtuve el día y la hora en que quizá, tal vez, me fuera posible merecer la vacuna, me instalé en la fila de los enfermos, en busca del remedio para nuestros temores. Llegué a la sala de la cita en la Seguridad Social hacia las nueve de la mañana, con dos horas de anticipación sobre el horario oficial y a tres de la hora que me fuera señalada por la chica de la ventanilla. Como todos los asientos de la enorme sala estaban ocupados, me dispuse a esperar de pie y sin mover un músculo el tiempo que fuera necesario hasta merecer la dichosa y milagrosa vacuna. Asomó a la puerta de uno de los lugares en los cuales se disponía de vacunas para acabar con la gripe, una muchacha fina, de ojos lánguidos y de gesto resignado. Corrimos todos por si esta muchacha fuera la remediadora de nuestros presuntos y temidos males. Como todos queríamos ser atendidos se armó una tremolina que no parecía sino que más bien nos disponíamos al asalto del edificio y a su ocupación. La muchacha, un tanto asustada la pobre, se retiró con una brazada de recetas. Y el público comenzó a gritar con furia como si le hubieran arrebatado la parte de vida que estaban, que estábamos, dispuestos a defender aunque nos costara la vida. Pasaron horas, muchas horas, infinidad de horas hasta que la misma muchacha de la bata blanca, que había tenido la valentía de asomar volvió a la escena. Su presencia fue acogida con un clamor taurino que asustaba. Y otra vez la muchacha, asustada, se retiró antes de ser degollada. Volvieron a pasar otras dos horas y cuando ya se temía la muerte, por abandono de los pacientes, apareció una mano blanca y me señaló con el dedo. ¡¡¡Me había tocado!!! Fue como si me hubiera correspondido el gordo de la Lotería del Niño. Corrí hacia aquel portal de Belén que se me abría y ofrecí mi brazo desnudo, con la misma incivilidad y fervor que Isaac aquel hijo del padre Abraham, ofreció su cuello para el sacrificio. La muchacha armada de una jeringuilla se acercó a mí y sin mirarme siquiera me clavó la banderilla. Cuando me reintegré a la vida de protesta de la sala, los clamores de los doscientos o más enfermos que esperaban una muchacha como la mía que les clavara la vacuna milagrosa, tomó caracteres de levantamiento popular. Se escucharon gritos de: «¡No hay derecho! ¡Yo vine antes! ¡Necesito una vacuna como el comer!». Y otros gritos subversivos que no reproduzco por temor a la ley de Orden Público. Y yo digo, me digo, expongo: «Así no, así no. Algo falla en la aplicación del sistema sanitario que rechina». Una señora, de tipo abisinio, con un niño negrito en los brazos, se acercó a mí para decirme: ¡Señor, tiene toda la razón! Y con toda la razón abandoné el lugar.