CORNADA DE LOBO
Santo sobeo
AHORA que Benedicto XVI establece que los homoxuales y quienes adoren la cultura gay no podrán ingresar en seminarios, no es ocioso recordar que homosexualidad y mariconería las hubo de siempre en internados religiosos y conventos, aunque, dígase bien claro, no en mayor proporción que en los cuarteles, en colegios mayores, tripulaciones o gimnasios, donde hoy los ínclitos son córpore corporativo con musculín de factoría. Esto no quiere decir que, por estar en la media universal, los seminarios se libren en este aspecto del escándalo y la repugnancia que rodean sus casos por estar parapetados en la autoridad y el abuso, pues en los seminarios se predica justamente lo contrario a la vez que se hace un tapadillo con la estola para esconder o disculpar la inclinación viciosa de la condición humana. A tapar, sigilo a la romana... de la reprensión privada o el reproche fraterno no pasó la cosa muchas veces. Todo el mundo conoce o ha oído hablar de un fraile sobón, de un párroco en sacristía buscándole al monaguillo el ite-misa-est o de monjas de mística evaporada que se confunden y torturan en arrebatados amores tortis. Son de dominio público estos episodios y abunda su reseña en historias y literaturas. Ahora bien, la del sobaniños es la mariconería que peor se disculpa en un clérigo de rija y baba. De entre ellos, recordarán muchos leoneses a un anciano agustino de oronda estampa, aflable y bonachón-por padre Gregorio respondía-, que al dar la absolución a los críos que allí nos confesábamos nos propinaba una secuencia de besos de sonoridad escandalosa, pues remarcaba el rechupete con corneta y quedaba su eco flotando en la bóveda o en la nuca de las beatas que volvían la cabeza, aunque ya estuvieran acostumbradas a estas efusiones que yo siempre entendí como inocentes, aunque no parecen muy de recibo. Peor lo tuvieron aquellos críos de Joarilla de las Matas a los que el cura enseñaba revistas de carne tiesa y, cuando fue recriminado por el pueblo entero, le respondió el muy maricón al maestro que callara, que en las escuelas también se hacía lo mismo. Pero, en fin, ahora los homosexuales ya no entrarán en los seminarios, no habrá placet. La pregunta que, sin embargo, surge es ¿y qué van a hacer con todos los que ya se habían colado y aún están dentro?...