Diario de León
Pedro García Trapiello

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HOY TE MATO más que ayer, pero menos que mañana. Mujer, cuida, pues, tus flancos, prende el reojo, porque eso con pijama que duerme a tu lado es un cuchillo y tú eres la piedra que lo va amolando. Menos que mañana. Vendrán tiempos peores. «Este mal que no mejora... no es de ahora». En la Europa nórdica y civilizadísima, fría, rica y psicoanalizada, hay más mamporro doméstico y más crimen que en estos calentones ibéricos donde duerme sin enterrarse el guantazo moro y canalla a la esclava con velo en la cara y con braguero de chapa en el cerebro. Cantan las cifras. ¿Por qué será, si por ahí arriba las leyes, la libertad, la igualdad (la fraternidad la dejamos para otra reencarnación), la educación y los medios nos llevan una ventaja de treinta años?... Cuídate, mujer; tus conquistas son un mordisco a los ancestrales privilegios del que mea contra las paredes. Y no le gusta que le muerdan los derechos que ya escribió en la caverna con sangre de sacrificio mezclada con grasa y betún. En este tiempo, mujer, estás conquistando espacios y personándote donde ninguna otra antes osó. Pagarás un alto precio por ello mientras no pocas cantarán su triunfo desde el silencio con que gritan algunas tumbas. Cuando el amor es pasión invadida de posesión (dicen que eso es su prueba y de ello escriben los poetas cosas muy encendidas), su criatura se llama propiedad; y entonces, el cónyuge es patrimonio, cosa mía (que por eso la maté; de lo mío gasto). Pero cuando es la mujer quien detenta propiedades o recibe la herencia antes que el varón, como hacían los astures haciendo valer la priopridad matrilineal, se cuida el hombre de toserla o de ultrajarla, así que alguna razón económica late bajo este crimen que crece y crece (Guatemala sólo tiene trece millones de habitantes y el pasado año se contabilizaron más de quinientas mujeres muertas violentamente a manos de un hombre superado, rabiado o envilecido). Cada vez que una sociedad dé un paso dentro de los derechos de la mujer, las piedras de afilar entonarán su siseo estridente (hay incluso dioses que lo tienen establecido en sus escrituras). Cuídate, mujer; tu revolución tiene también un peaje de sangre. Sólo tendrán que pasar algunas generaciones para que nacer mujer no sea tenido por una fatalidad.

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