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UNA CONSEJERA por los suelos, una videoinstalación por las nubes... y una colchoneta naranja para caerse de culo. En ella, tumbada, Silvia Clemente (que es madrina de esas y estas culturas autonómicas que nos endilgan o estofan) vio las películas que se monta la artista suiza Pipilotti Rist. Se supone que la comprensión de estas creaciones sólo pueda alcanzarse en la forma debida desde la tendida horizontalidad de una colchoneta, como si en el aire de esa sala flotara una orden: ¡se tumben, coño!... Al arte le gusta un güevo la dictadura dictada (y a los ilustrados, el despotismo). Es el absolutismo envuelto en celofán de colorines, porque al artista, para superar el «agon» griego de toda creación y sus agónicas dudas, cabalga siempre en una verdad absoluta, la suya, aunque su esfuerzo principal no radicará tanto en demostrarla, como en evidenciar y propagar que la montura de los otros es jamelgo rucio o trasto clavileño. El malmeter (siempre hijo de la mediocridad y de la envidia cochina) parece la principal gimnasia de los creadores. No pasan cinco minutos de charla con un artista y ya salen guillotinas con algún colega catapultado al cadalso en sentencia sumarial. Y es que muchas veces en el arte moderno parece haber más empeño en negar las artes anteriores que en demostrar las propias (del gozo de la belleza, ni hablemos, pues belleza es concepto burguesote y pamplinero en las nuevas tendencias, así que para ser cultos hay que salir hoy de una exposición con conjuntivitis en el ojo del culo y suficientemente torturado por la fealdad deliberada, que es la más tonta y cara de las fealdades). Por eso les pirra enfermizamente a tantos genios de hoy la provocación, la extravagancia, el conceptualismo picudo, esos disparates que, cuanto más morrocotudos, mejor... y sobre todo, las formas, su obsesión por las técnicas y por el carrozamiento (es puro «tunning», enfermedad de estos tiempos de cultísimo horterismo, la búsqueda de la sensación, carrocería exhibicionista). El fondo, el tema y el mensaje no asoma tanto y, además, ni se pretende ni importa, que lo que cuenta es el vehículo, aunque dentro no lleve nada ni a nadie y lo conduzca un chimpancé con una navaja barbera. Así las cosas, es lógico que pongan colchonetas. A las apabardas se mira mejor tumbado.

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